El tenista más carismático del circuito se despidió en París. Una sonrisa imborrable que dejó huella en todo el mundo. Era imposible que te cayese mal. Todo el mundo tenía buenas palabras hacia él. Incluso provocaba la sonrisa de quienes tienen que mantener la compostura en un partido, como son los jueces de silla.

Un estilo de juego único con una sonrisa inolvidable

Gaël Monfils nunca entendió el tenis como un simple trabajo. Se divertía y nos hacía disfrutar. No veía el deporte como un mero intercambio de golpes. Para él, cada pelota era una invitación a desafiar la gravedad, cada punto una oportunidad para convertir lo imposible en cotidiano. ‘A lo Monfils’, se dice cuando un jugador golpea la pelota en salto.

Y es que sus vuelos desafiaban las leyes de la física, estirando su cuerpo hasta límites inimaginables para alcanzar bolas que parecían perdidas. Y cuando aterrizaba, después de una de esas acrobacias que dejaban al público sin aliento, siempre aparecía su sonrisa.

Todo el mundo aplaudía y, sobre todo, disfrutaba del show del francés. Esa sonrisa traviesa, casi infantil, de quien nunca dejó de sentirse un niño jugando con una raqueta. Porque hay jugadores que se marchan dejando títulos, récords y estadísticas. Otros, sin embargo, dejan algo mucho más difícil de cuantificar.

Porque Gaël nunca ganó un grande, ni siquiera llegó a la final. Tampoco pudo levantar un Masters 1000, aunque sí que alcanzó la final en tres ocasiones. Dos en su querida París, pero se encontró con Novak Djokovic en 2009 y con Robin Söderling un año después. Qué bonito hubiese sido para un francés conseguir un Masters 1000 en Bercy.

Fueron 13 títulos repartidos entre 2005 y 2025. Tres finales de Masters 1000, dos en París y una Monte-Carlo. Además de dos semifinales en Grand Slam como su techo en un grande. La primera, en 2008 en Roland Garros, venciendo en cuartos a David Ferrer y cayendo después contra Federer. La segunda, en el US Open de 2016, en la que se topó con Novak Djokovic. En una era en la que para levantar grandes títulos siempre tenías que batir a Nadal, Roger o ‘Nole’. Aun así, Gaël ha firmado una carrera de ensueño. Y París y el mundo se lo reconoció.

La despedida en París acompañado por una generación inolvidable

El pasado martes 3 de noviembre, en el Masters 1000 de París, llegó el momento de bajar el telón a sus 40 años. Y la ciudad que lo vio crecer se puso en pie para despedir a uno de sus artistas más queridos. No fue en Bercy, donde hizo dos veces final, sino en La Défense Arena en Nanterre.

Un gran mural tapaba una de las gradas laterales con su imagen y mensaje de «Merci Gaël», bajo el ruido de un público entregado coreando su nombre. Ese que durante más de veinte años llevó la bandera francesa por todos los rincones del mundo.

Gaël no se podía despedir solo. Sobre la pista aparecieron Jo-Wilfried Tsonga, Richard Gasquet y Gilles Simon, sus compañeros de aquella extraordinaria generación francesa conocida como los nuevos mosqueteros. Junto a ellos estuvo también Benoît Paire, otro de los rostros más reconocibles del tenis galo.

Se cierra una época definitivamente. Monfils era el último de aquellos cuatro mosqueteros que seguía en activo. Por lo que su retirada supone el adiós de una generación que hizo vibrar a los franceses. Ahora cogen el testigo jugadores como Arthur Fils, quien se ha clasificado por primera vez a las ATP Finals delante de su gente. Y cómo no, no podían faltar las sonrisas y algunos pasos prohibidos del bueno de Monfils. Porque en un acto cargado de emoción, siempre encuentra la forma de alegrar a todo el mundo.

No era la despedida soñada

No era lo previsto hace unos meses. Gaël Monfils tenía que despedirse en Lyon y París. Las últimas dos paradas antes de colgar la raqueta. Pero una noticia unas semanas atrás provocó que no lo hiciese jugando. Elina Svitolina anunció que se separaban tras varios años de matrimonio y una hija en común, Skaï.

Una decisión de Svitolina, actual número seis del mundo, que según reconoció Monfils en una entrevista le impidió despedirse en la pista: «Después de la ruptura no puedo entrenar como quiero, no estoy en mi mejor momento mental. No os voy a engañar, estoy comiendo menos y estoy haciendo todo peor».

Fueron meses muy duros. El francés, delante de todo el mundo con el micrófono en mano, agradeció especialmente el apoyo de Cédric Pioline, director del torneo, y Gilles Moretton, presidente de la Federación Francesa de Tenis, que lo ayudaron a encontrar las fuerzas necesarias para afrontar aquella despedida. También se acordó de sus padres y de aquellas personas que fueron clave en su carrera deportiva.

Sin embargo, todo se paró cuando empezó a hablar de la persona más especial de su vida: Skaï. Se trata de su hija de cuatro años, quien sueña con ser tenista profesional. Fue la imagen más humana. Solo quedaban las palabras de un padre y el silencio emocionado de quienes lo escuchaban.

«Skaï, tu padre fue tenista. Amaba el tenis. Creció en París, donde siempre contó con el apoyo de un público magnífico. Espero, desde lo más profundo de mi corazón, que te conviertas en una gran campeona en todo lo que hagas y que algún día juegues aquí, en París».

Un legado que marca generaciones

Todos quisieron formar parte de la despedida de Monfils. Un tipo muy querido en el circuito. Roger Federer reconoció que todos habían querido ser, en algún momento, un poco como Gaël Monfils.

Ben Shelton, uno de los representantes de la nueva generación, destacó que el francés había sido una de las razones por las que quiso jugar al tenis. Carlos Alcaraz, por su parte, puso el acento en algo que trasciende cualquier resultado: la extraordinaria persona que siempre había encontrado detrás del jugador.

Son varias generaciones las que se rinden a Gaël Monfils. Le vamos a echar de menos. Se marchó de la central como había vivido: con todo un estadio rendido a sus pies. Su adiós se suma a las despedidas que llevamos en este 2026, como la de Stan Wawrinka, Kei Nishikori o David Goffin.