Corría el año 2007. Tenía 12 años y, como tantos otros niños de los clubes de tenis madrileños, acudí a una de esas excursiones que te permiten sentirte tenista profesional por un día. Entre raquetas, pelotas y la ilusión propia de aquella edad, terminé peloteando con un joven suizo, del que apenas había oído hablar.

Se llamaba Stan Wawrinka. Ni siquiera sabía pronunciar su apellido. Es más, recuerdo que me sonaba al nombre de una mujer. La inocencia de una niña que solo quería disfrutar de unos golpes de pelota sin imaginar quién tenía al otro lado de la red.

Del anonimato a desafiar a los más grandes

Por aquel entonces, Wawrinka tenía 22 años y era prácticamente un desconocido para el gran público. Acababa de conquistar su primer título ATP en Umag, un año antes, y todavía estaba dando sus primeros pasos entre los grandes nombres del circuito. Aquel joven suizo estaba muy lejos de ser la leyenda en la que acabaría convirtiéndose.

Hoy, 19 años después, aquel recuerdo adquiere una dimensión completamente diferente. Porque aquella niña que no sabía ni pronunciar su apellido compartió pista, sin saberlo, con uno de los pocos hombres capaces de desafiar la hegemonía más extraordinaria que ha conocido el tenis. Ganar tres Grand Slams en una era dominada por Roger Federer, Novak Djokovic y Rafa Nadal. Sin olvidarme de un británico que conquistó hasta tres. Los mismos que Wawrinka.

El cuerpo no sigue a las ganas de Wawrinka

El reloj suizo marca la hora de dar un paso al lado. Un revés a una mano que entra en el libro de los mejores de la historia. ¿Qué tendrá Suiza con ese golpe? Nos enamoramos del movimiento de un mecanismo que a día de hoy está en el debate de estar obsoleto. Un dibujo en el aire en cada partido. Nos estaba regalando obras de arte sin estar en ningún museo.

A los 41 años le ha obligado a despedirse. Y ese «le» hay que atribuírselo a su cuerpo y las lesiones. Y es que ha pasado por dos operaciones en la rodilla izquierda en 2017 y otras dos en el pie izquierdo en 2021. Lo hace con tres Grand Slams, 16 títulos ATP y una historia que merece ser contada más allá de los números. Porque si algo representó el suizo fue la rebeldía de quien se negó a aceptar que los grandes escenarios estuvieran reservados siempre para los mismos.

El chico rebelde que se sentó en la mesa del ‘Big 3’

En una época en la que Federer, Nadal y Djokovic parecían haberse repartido la historia del tenis, Wawrinka fue ese invitado incómodo que nadie esperaba. Y es que para poder ganar sus tres Grand Slams tuvo que derrotarles.

Al serbio le ganó dos veces en la final de US Open 2016 y Roland Garros 2015, para conseguir sus dos últimos grandes. En este último tuvo que derrotar en cuartos de final a Roger. En esa temporada, Djokovic era el número uno y Federer el dos. Pero, para levantar su primer Grand Slam en el Open de Australia de 2014, tuvo que acabar con ‘Nole’, número dos, en cuartos. También a Berdych en semifinales, y arrebatarle la final al número uno del momento, Rafa Nadal.

El hombre que no necesitó pertenecer al ‘Big 3’ para demostrar que también podía sentarse a su mesa, junto a Andy Murray. Y no se conformó con sentarse. Han sido 590 victorias repartidas en 16 títulos. Más allá de esos tres Grand Slams, también disputó una final más en Roland Garros 2017. Se pueden imaginar quién le arrebató el cuarto en la tierra de París. Además de un único Masters 1000 en Monte-Carlo teniendo que ganar a su compatriota, Roger Federer. Unos títulos en una época que tienen un valor incalculable.

Basilea, el lugar en el que dijo adiós

El primer título fue en Umag 2006 y el último fue en Ginebra en 2017, el único título en su país, el cual conquistó en dos ocasiones. Y ahí quiso retirarse. No en Ginebra, pero sí en Basilea. Un lugar que nunca logró tener en su vitrina, ya que se quedó en semifinales tanto en 2006 como en 2011.

Esta semana disputó su torneo número 390 y la 19ª vez en el cuadro principal de Basilea, igualando el récord histórico del torneo que ostenta Federer. Territorio de Roger. Se despidió tras perder contra el checo Jiri Lehecka, aquel que también fue el verdugo del último partido de Nadal en Madrid.

Se está yendo una generación. La semana pasada le tocó a David Goffin y hace un mes a Kei Nishikori. Y ojalá se pueda despedir como se merece a Gael Monfils en París. Todavía nos queda por disfrutar de un serbio que sigue empeñado en hacernos vibrar.