Zidane toma el mando de la selección francesa
El mítico Zinédine Zidane toma las riendas de Francia después de Deschamps y se esperan cambios drásticos para aprovechar el potencial del fútbol galo.
Zinédine Zidane regresa del exilio para reclamar el trono de Francia, heredando una armadura pragmática de las manos de Didier Deschamps y con el objetivo transformar un vestuario rebosante de calidad en una obra de orfebrería que funcione a la altura de su talento.
El retorno del mito a la catedral azul
Tras cinco años guardando un elocuente silencio sobre la opción de ser el nuevo dueño del banquillo de Francia, la silueta de Zinédine Zidane mito vuelve a proyectarse sobre la pizarra de Clairefontaine. El desafío estriba en purificar el metal pesado de una selección abrumadoramente física y con un sentido eminentemente práctico.
Seguro que ‘Zizou’ no pretende dinamitar los cimientos de su antecesor, sino tratar de potenciar el talento creativo que el régimen anterior fue desterrando progresivamente del ecosistema galo. El paso del pragmatismo hacia una propuesta más estética requiere redibujar los vértices del sistema 1-4-3-3 habitual.
Si Didier Deschamps construyó un refugio inexpugnable a través de la especulación, la labor de Zidane sería responder ante la demanda de juego que parecía pedir a gritos la selección. Zidane es, por tanto, un catalizador emocional para tratar de activar esa nueva realidad.
El nuevo seleccionador de Francia debería entender mejor que nadie la necesidad de que el talento necesita un ápice de libertad, por lo que Francia debería dar un paso clave hacia un futuro mucho más asentado en la calidad que en la rotundidad física.
Una variable táctica necesaria
La metamorfosis no implica abjurar del rigor táctico, sino sublimarlo desde una nueva interpretación del espacio y de las opciones para potenciar la generación de oportunidades. Francia ya no esperará agazapada la oportunidad de un contragolpe fulgurante, sino que debería aspirar a gobernar el ritmo de partido mediante el monopolio de la pelota.
Es por eso que Zidane asume el encargo con la calma del sabio que conoce las entrañas del éxito con la audacia del revolucionario, con un currículum y un palmarés envidiable en su etapa como jugador y también en la que sirvió como entrenador para que el Real Madrid conquistara de nuevo Europa.
Tejiendo puentes con el pasado, el proyecto de Zidane como seleccionador francés evoca la sofisticación de aquellas noches memorables de finales de los 90. El fútbol vuelve a ser una cuestión de sentimiento y jerarquía individual puesta al servicio de la causa común y está en juego que la elástica tricolor recupere su mística histórica a través de perfiles nuevos o menos conocidos.
Cincelando la retaguardia
Bajo el arco, el perfil emergente de Robin Risser ofrece esa salida pulcra con los pies que exige la metodología de Zidane, mientras que en la zaga gala parece que jugadores como Leny Yoro, Maxence Lacroix o perfiles U21 como Jérémy Jacquet y Jaydee Canvot podrían ir apareciendo en esas primeras convocatorias.
— Equipe de France ⭐⭐ (@equipedefrance) July 28, 2026
Casi todos parecen encarnar con rotundidad lo que se espera que sea el central del futuro: sobrio con los pies, jerárquico en los duelos y con capacidad de anticipación. Una realidad que envuelve a estos perfiles en un perfil que evoca esa finura tacto-espacial de los grandes centrales que han gobernado el área en Europa.
Esta reestructuración atrás permite que la línea defensiva adopte dinámicas asimétricas en fase de iniciación, algo que el campeón del mundo con Francia en 1998 puede buscar a través de los centrales, haciendo que fijen la marca por dentro para abrir pasillos interiores hacia los mediocentros.
Pero no todo son caras nuevas, pues la juventud de esa zaga imberbe no debería constituir un riesgo inasumible, sino el combustible indispensable para adelantar la altura del bloque colectivo y subir el nivel global del equipo de cara la Eurocopa 2026 y el Mundial 2030, con perfiles ya efectivos como Saliba, Upamecano y Konaté.
Alquimia en la medular
Sin embargo, lo cierto es que la verdadera revolución habita en la sala de máquinas, donde los perfiles creativos postergados han ido cayendo en el olvido. El hábitat natural de este tipo de jugadores debería cobrar importancia con Zidane en el banquillo.
Rayan Cherki, el gran artista rebelde del regate en una baldosa, asume la responsabilidad de ser el engranaje que conecte el doble pivote mixto con el último tercio, operando con total soltura en la zona del diez y generará la capacidad de romper líneas y crear impacto ofensivo.
Flanqueando la fantasía y generando seguridad con y sin balón, jugadores como Warren Zaïre-Emery, encarnando el equilibrio perfecto como interior de ida y vuelta capaz de abarcar muchos metros mientras escuda la fluidez del juego. Como opción, la irrupción de Arthur Atta aportaría pausa, criterio organizativo y un perfil de distribuidor pulcro en el pase corto y la basculación.
Esta medular renacida rescata la esencia de las grandes épocas del balompié galo, donde la paciencia y el talento individual se entrelazaban con armonía. Zidane ejerce como el alquimista que convierte el talento disperso en un engranaje colectivo difícil de descifrar en las pizarras adversarias.
Voracidad y colmillo joven
En el ataque, el colmillo se renueva con dinamita pura e imaginación que podrían dar descanso a figuras asentadísimas como Kylian Mbappé, Ousmane Dembélé u Michael Olise.
Eli Junior Kroupi encarna la electricidad del atacante moderno, capaz de caer a bandas con movilidad o romper al espacio con una lectura quirúrgica del desmarque. Además de él, Mathys Tel aporta potencia atronadora, diagonales endiabladas y una versatilidad que le permite actuar como referencia central o extremo a banda cambiada.
El seleccionador no busca reunir una mera colección de cromos, sino armar una orquesta donde el ego se disuelva en beneficio del bien común. La gestión humana vuelve a erigirse en el factor diferencial del nuevo proyecto de Zidane.