Hoy, 1 de noviembre, a las 13:02, salen de Saint-Malo 115 navegantes solos rumbo a Guadalupe. La Route du Rhum se corre cada cuatro años y esta edición llega con una de las flotas más selectas de su historia.
La carrera: 3.542 millas y ninguna escala
El recorrido es tan simple de explicar como duro de completar: de Saint-Malo a Pointe-à-Pitre, en Guadalupe, 3.542 millas náuticas, unos 6.560 kilómetros, en solitario y sin escalas. Ni etapas, ni tripulación, ni asistencia.
Es la 13ª edición y se disputa cada cuatro años, lo que la convierte en una cita generacional más que anual. El pueblo de salida de Saint-Malo abre el 20 de octubre y permanece hasta el día de la salida, con los barcos amarrados y accesibles al público.
El récord de la travesía lo tiene Charles Caudrelier, con 6 días, 19 horas, 47 minutos y 25 segundos, firmado en la edición de 2022. Da idea del salto tecnológico de la vela oceánica: cruzar el Atlántico en solitario en menos de una semana era impensable cuando nació la prueba.
Seis clases en la misma línea de salida
La particularidad de la Route du Rhum es que no separa por categorías de recorrido. Todos salen a la vez y todos hacen lo mismo, desde los trimaranes gigantes hasta los monocascos pequeños. El reparto de los 115 inscritos de 2026 es este:
- Ultim: 8 barcos. Trimaranes voladores de unos 32 metros, la categoría reina.
- Ocean Fifty: 10 trimaranes de 15,24 metros.
- IMOCA: 22 monocascos de 18,28 metros, los de la Vendée Globe.
- Class40: 49 barcos, con diferencia la flota más numerosa.
- Vintage Multi y Vintage Mono: 13 barcos en cada una, con el regreso de los barcos históricos.
Los 115 inscritos son una nómina excepcional, pero no un récord: la marca de participación sigue siendo la de 2022, con 138 barcos en la salida.
Quién defiende qué
En Ultim, Caudrelier defiende título, y lo hace sobre un barco nuevo que apenas ha navegado. Esa es la gran incógnita de la categoría: si un trimarán recién estrenado puede sostener el ritmo de rivales con años de puesta a punto. Le acompañan en la línea nombres como Thomas Coville, Tom Laperche, Armel Le Cléac’h, Anthony Marchand, Louis Burton y Alexia Barrier.
En IMOCA, la clase con más inscritos de nivel, Thomas Ruyant, el vigente campeón, se ha retirado por falta de patrocinador, lo que deja el título abierto. Jérémie Beyou y Sam Goodchild parten como principales favoritos, con Sébastien Simon, Violette Dorange, Élodie Bonafous y Ambrogio Beccaria entre los nombres a seguir.
Y en Class40 hay algo seguro: habrá campeón nuevo por primera vez en ocho años. Yoann Richomme, ganador de las dos últimas ediciones, se ha pasado a la clase IMOCA y no defiende. Corentin Douguet parte como favorito, con Fabien Delahaye, Ian Lipinski, Achille Nebout y Alexis Loison detrás.
Lo que hace distinta a cada clase
Poner seis categorías en la misma línea de salida produce una carrera que en realidad son seis. Los Ultim cruzan el Atlántico en menos de una semana; los Class40 pueden tardar el doble, de modo que cuando los primeros llegan a Guadalupe la mitad de la flota sigue en alta mar.
Los IMOCA son la clase que más ha cambiado. Son los barcos de la Vendée Globe y, según explican sus propios patrones, ya no se gobiernan como los monocascos de antes: exigen atención continua, reglajes finos y una gestión muy precisa del piloto automático.
La Class40 es la más numerosa y la más democrática. Nació en 2004 como una clase de costes contenidos y se ha convertido en la flota más grande de la vela oceánica, con profesionales y aficionados avanzados compartiendo línea de salida. Sus patrones la describen como sus propios Juegos Olímpicos.
El regreso de los barcos antiguos
La novedad de 2026 son las dos categorías vintage, con 13 barcos en multicasco y 13 en monocasco. Es la recuperación de embarcaciones históricas que corrieron ediciones anteriores y que vuelven a hacer la travesía décadas después.
La decisión tiene una lectura deportiva y otra cultural. La deportiva es que amplía la flota sin desvirtuar las clases de competición; la cultural es que devuelve al agua los barcos con los que se construyó la leyenda de la prueba, en una carrera que vive tanto de su historia como de su tecnología.
También es una respuesta al problema que tiene toda transatlántica moderna: los Ultim son tan rápidos que la carrera se resuelve arriba antes de que empiece de verdad abajo. Las clases vintage, como la Class40, alargan el relato durante semanas.
Por qué esta carrera y no otra
La Route du Rhum es la transatlántica más popular de la vela oceánica y la razón no es deportiva sino narrativa. El recorrido es una línea recta conceptual —Bretaña a las Antillas— y el formato es el más antiguo del deporte: una persona, un barco, un océano.
Lo que la diferencia de las demás es la ventana meteorológica. Salir de Saint-Malo el 1 de noviembre significa atravesar el Atlántico Norte en plena temporada de borrascas otoñales, con los primeros dos o tres días decidiendo buena parte de la carrera. Para los Class40, sin el margen de velocidad de un Ultim para esquivar frentes, esa parte es casi toda la prueba.
La meta en Pointe-à-Pitre completa el contraste que le ha dado fama: del frío bretón al Caribe, con los navegantes llegando agotados días o semanas después de la salida y recibidos en el muelle a cualquier hora de la madrugada.
Conviene recordar lo que la carrera exige físicamente, porque desde tierra se ve poco. Un patrón en solitario duerme en tramos de 20 o 30 minutos durante toda la travesía, sin relevos, mientras vigila el piloto automático, el parte meteorológico y el estado del barco.
A eso se suma que nadie puede recibir asistencia. Una avería en mitad del Atlántico se repara con lo que haya a bordo o se abandona, y en ediciones anteriores han abandonado más de la mitad de los inscritos en alguna de las clases.
Por eso el recibimiento en Pointe-à-Pitre tiene el peso que tiene. Llegar ya es un resultado, y la carrera lo trata como tal: el muelle se llena a cualquier hora para recibir a barcos que cruzan la meta días después del ganador.