World Rugby: el daño cerebral es parte del juego
World Rugby negó ante el Tribunal Superior deber de cuidado con sus exjugadores: el daño cerebral, dice, es un riesgo inherente que aceptaron al jugar.
World Rugby respondió a la mayor demanda de su historia con una tesis incómoda: el daño cerebral es un riesgo que el jugador acepta al pisar el campo. La estrategia legal divide al deporte.
Dos palabras para una defensa
El 27 de febrero de 2026, World Rugby hizo pública su defensa por escrito ante el Tribunal Superior de Londres. Frente a más de mil exjugadores con daño neurológico, el organismo resumió su posición en dos palabras: riesgo previsible e inherente del rugby.
Conviene precisar quién está en el banquillo, porque no es solo World Rugby. La demanda del lado del quince va también contra la Rugby Football Union inglesa y la Welsh Rugby Union, y en el rugby league alcanza a la Rugby Football League y a la asociación amateur BARLA. Los tres organismos del rugby union niegan haber incumplido su deber de cuidado.
El texto lo admite sin rodeos: la lesión cerebral es «un riesgo previsible e inherente del rugby» que «todos los que participan aceptan de forma voluntaria» al jugar. Con esa frase, World Rugby niega tener un deber de cuidado con los demandantes.
El argumento jurídico es más frío todavía. La defensa sostiene que, «como cuestión de derecho, no se debe a un participante en un deporte de contacto la garantía de no quedar expuesto a un riesgo inherente» a esa práctica. Es decir: quien juega, asume el peligro.
La idea no es nueva en los tribunales. El derecho anglosajón reconoce que quien practica un deporte de contacto consiente cierto nivel de riesgo, un principio que en la práctica traslada la responsabilidad al propio jugador. World Rugby apoya su defensa en ese consentimiento asumido por el deportista.
Quiénes reclaman y qué denuncian
Detrás de la demanda hay nombres que el aficionado reconoce. Steve Thompson, talonador campeón del mundo con Inglaterra en 2003, reveló en diciembre de 2020 que no recuerda aquella final y que convive con una demencia de aparición temprana. Fue el rostro del caso.
Con él aparecieron el excapitán galés Ryan Jones, el internacional Alix Popham y el expilar de los All Blacks Carl Hayman, todos con diagnósticos de demencia precoz y probable encefalopatía traumática crónica (CTE). El grupo inicial de ocho jugadores destapó el problema en 2020.
Los demandantes, cerca de 800 exjugadores de rugby union, sostienen que los golpes repetidos —conmociones y también impactos subconcusivos— les dejaron secuelas neurológicas. Acusan a los organismos de fallar en protegerlos y llegaron a exigir 15 medidas urgentes de seguridad, como los protectores bucales inteligentes.
El litigio no es de ahora. La acción legal echó a andar en 2022 y desde entonces se ha atascado una y otra vez, sobre todo por las disputas en torno a la entrega de los historiales médicos. La demanda formal la firmó Rylands Garth, que llegó a representar a más de mil exjugadores de los dos códigos.
La cifra que está en juego ahora es concreta. Los organismos piden excluir del proceso 337 demandas de rugby union y 153 de rugby league, casi quinientas en total, por no haber entregado la documentación de las pruebas neurológicas. En el primer bloque de 561 demandantes, eso supondría dejar fuera al 95%.
La apuesta de World Rugby y su coste
La estrategia tiene lógica jurídica y riesgo reputacional a la vez. Si el tribunal acepta que el daño cerebral es inherente al juego, la demanda pierde su base y el deporte se ahorra una factura millonaria. Pero admitir que el rugby daña el cerebro es un titular demoledor.
Ahí está la tensión de fondo. World Rugby no niega que el rugby golpea la cabeza; lo que niega es que tuviera un deber legal de evitarlo y que conociera, «en el momento relevante», una ciencia consolidada que ligara los impactos subconcusivos con el daño neurológico. La discusión ya no es médica, es jurídica.
El corazón científico del pleito es el impacto subconcusivo: esos golpes menores, repetidos miles de veces, que no dejan al jugador grogui pero se acumulan. World Rugby niega que existiera, en su momento, ciencia consolidada que lo vinculara con la encefalopatía traumática crónica.
El envite económico es enorme. Una condena abriría la puerta a indemnizaciones que algunos análisis jurídicos sitúan en el entorno de los mil millones, además de obligar a rediseñar cómo se entrena y se juega. La defensa pelea antes el principio que la cifra.
El escrito, además, es duro con la parte contraria. Los abogados de World Rugby tachan de «embarazosa» la formulación de la demanda —presentada por el despacho Rylands Garth en agosto de 2025— hasta 19 veces, por considerarla demasiado vaga para responderla.
Un pleito que no viaja solo
El pleito del rugby no está aislado. Es una de tres acciones paralelas en los tribunales británicos: la del rugby league y la del fútbol avanzan a la vez. En 2024, un grupo de 35 exfutbolistas ingleses demandó a sus federaciones por lesiones cerebrales tras años de cabezazos.
La cifra global impresiona. Sumando el rugby union y el rugby league, más de 1.100 exjugadores han llevado a los tribunales a sus federaciones, en lo que ya es el mayor pleito por salud en la historia del deporte británico. World Rugby lo afronta como una batalla existencial.
El drama humano ya tiene rostro en el rugby europeo. Sébastien Chabal, exinternacional francés y dos veces campeón del Seis Naciones, confesó en 2025 que no recuerda el nacimiento de su hija. Su testimonio puso cara a las secuelas de toda una carrera.
Mientras el caso avanza, el rugby ya ha movido ficha. En los últimos años ha bajado la altura legal del placaje, ha endurecido los protocolos de conmoción y ha extendido tecnología como el protector bucal con sensores. Son cambios que reconocen el problema sin admitir culpa.
El giro que amenaza el caso
Cuando la defensa parecía marcar el ritmo, el caso dio un vuelco. En julio de 2026, los organismos pidieron al Tribunal Superior excluir cientos de demandas por presuntos fallos reiterados en la entrega de los registros médicos de los demandantes.
El desenlace de julio fue más duro que una simple renuncia. El juez, el Senior Master Jeremy Cook, reprochó a Richard Boardman una «falta de cumplimiento generalizada» y pruebas engañosas en la entrega de los historiales, y los demandantes acordaron por unanimidad romper con su despacho, Rylands Garth.
Cook fue explícito al repartir la culpa: «La única queja en este caso es contra la forma en que el señor Boardman ha manejado el material». Comparó al abogado con un conductor de autobús que lleva a sus pasajeros por un acantilado, y describió a los exjugadores precisamente como eso, pasajeros de un vehículo conducido por otro.
El juez se retiró a deliberar el 23 de julio y advirtió de que no existe precedente legal para una situación así. Al cierre de esta pieza el fallo seguía reservado, sin fecha pública. Leigh Day, que asesora el caso desde febrero, estudia si asume la representación.
Pase lo que pase con las demandas, el argumento ya está sobre la mesa y no se borra. World Rugby ha defendido en un tribunal que el cerebro dañado entra en el precio de jugar. Ese es, quizá, el debate que el rugby no podrá esquivar.