R360, la liga que iba a romper el rugby y se aplazó

R360 prometía contratos de 750.000 libras y reventar el rugby. Sin aval de World Rugby ni fichajes confirmados, aplazó su estreno a 2028. Qué falló.

Mike Tindall avanza con el balón en un partido del Gloucester frente a los Harlequins.
Mike Tindall, impulsor de R360, en un partido con el Gloucester en 2012. Foto: Charlie from UK, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons.

El proyecto que iba a reventar el rugby se frenó en seco. R360, la liga rebelde de franquicias apadrinada por Mike Tindall, aplazó su estreno de 2026 a 2028 sin un solo fichaje confirmado.

El golpe que se quedó sin dar

El 28 de noviembre de 2025, R360 comunicó a sus jugadores que la liga no arrancaría en 2026. La excusa oficial fue el calendario. El fondo, en cambio, apuntaba a algo más incómodo: un modelo con mucho dinero prometido y muy pocos apoyos reales dentro del rugby.

El proyecto llevaba meses envuelto en secretismo. Su cara visible, Mike Tindall, campeón del mundo con Inglaterra en el Mundial de 2003, insistió en que el frenazo no respondía a la falta de jugadores, sino a una decisión de oportunidad comercial.

Un circuito de franquicias con sueldos de estrella

R360 nació con una idea tomada de la Fórmula 1 y del LIV Golf, nacido en 2022: un circuito itinerante de ocho equipos masculinos y cuatro femeninos que jugarían por bloques en distintas ciudades del mundo. El estreno estaba fijado para octubre de 2026 como versión reducida.

Las cifras eran el gran reclamo. Los 40 mejores jugadores tenían prometidos contratos anuales de al menos un millón de dólares, unas 750.000 libras, una cantidad comparable a lo que cobran las estrellas de Inglaterra. El técnico de Sale, Alex Sanderson, calculó que R360 ofrecía un tercio más que la Premiership inglesa.

El mapa incluía sedes en Londres, Miami, Tokio, Dubái, Boston, Ciudad del Cabo, Lisboa y Madrid. Sobre el papel, un escaparate global. En la práctica, R360 no confirmó públicamente ni un solo fichaje con nombre y apellido, aunque siempre sostuvo tener más de 200 acuerdos cerrados con jugadores de rugby union y rugby league, y al anunciar el aplazamiento aseguró contar con al menos un internacional de cada país del primer nivel.

Por qué el dinero no fue suficiente

El talón de Aquiles fue político. R360 nunca logró el aval de World Rugby, el organismo que gobierna el deporte. Debía presentar su solicitud en septiembre de 2025 y la aplazó; la sanción no podía llegar antes de junio de 2026, apenas unos meses antes del estreno previsto.

A la falta de aval se sumó un muro sindical. En octubre de 2025, ocho de las grandes selecciones avisaron de que cualquier jugador de R360 quedaría fuera de su equipo nacional. La liga australiana de rugby league, la NRL, fue más allá con vetos de diez años.

Los British and Irish Lions remataron la jugada al vetar a los fichajes de R360 en su primera gira femenina, prevista para 2027. Para un jugador de élite, la ecuación cambiaba: aceptar la liga rebelde significaba renunciar a vestir la camiseta de su país.

El goteo de bajas hizo el resto. En las semanas previas al anuncio, varios jugadores señalados se descolgaron del proyecto y otros renovaron con sus clubes ante la amenaza de quedarse sin selección. Sin nombres que exhibir, R360 perdía su principal argumento de venta.

Quién ponía el dinero

Detrás del proyecto asomaban inversores discretos. El principal financiador conocido es 885 Capital, y en el anuncio del aplazamiento R360 desveló por primera vez a uno de sus inversores: Martin Gilbert, cofundador de la gestora Aberdeen y expresidente de la fintech Revolut, que ejerce de presidente.

Y ahí aparecía la otra grieta: el modelo comercial. Pese a las promesas millonarias, R360 no anunció ningún patrocinador ni un contrato de televisión claro, más allá de la idea de emitir gratis por YouTube. En el sector se rumoreaba incluso la salida de algún inversor, sin confirmación.

El plan que ahora se muda a 2028

El propio Stuart Hooper, cofundador y ex técnico del Bath, reconoció en un correo a los jugadores que la noticia sería un shock para algunos. La nueva hoja de ruta plantea arrancar en 2028 con una temporada completa de 16 semanas repartida en cuatro bloques.

El calendario también empujaba. 2028 evita el Mundial masculino de 2027 y la primera gira femenina de los Lions, dos citas que habrían asfixiado el estreno. Aun así, en octubre de 2025 varias voces del rugby daban el proyecto por muerto salvo giro radical.

Aquella ventana de junio de 2026 ya ha pasado y World Rugby no ha hecho pública ninguna resolución sobre R360. No hay veredicto que contar porque nunca llegó a haber partido que jugar: el aplazamiento a 2028, anunciado en noviembre de 2025, dejó la solicitud sin urgencia mucho antes de esa cita. Mike Tindall ha defendido este verano que retrasar el estreno hasta después del Mundial de 2027 fue lo correcto y que el proyecto sigue en pie.

Un guion que el deporte ya conoce

La historia reciente ofrece espejos. El LIV Golf, financiado desde 2022 por el fondo saudí, partió el golf en dos y aún vive un pulso con el circuito tradicional. La Superliga europea de fútbol, en cambio, se derrumbó en abril de 2021 a las 48 horas por el rechazo de aficionados e instituciones.

El temor de las federaciones era ese: que R360 se llevara a las figuras y vaciara las ligas nacionales. La dueña de Sale, Michelle Orange, llegó a hablar de la muerte del rugby de clubes. Las uniones acusaron al proyecto de repartir beneficios entre una élite muy pequeña.

Para el aficionado español, el efecto directo era menor. España, decimoséptima del mundo, no aporta estrellas al circuito, aunque Madrid figuraba entre las sedes elegidas para el estreno. La onda expansiva del proyecto, sin embargo, sí le tocaba de lleno.

El verdadero campo de batalla era el calendario. World Rugby lleva años reordenando el calendario internacional, con nuevas competiciones de selecciones, y una liga privada de franquicias amenazaba con romper ese equilibrio justo cuando el rugby intenta ganar público nuevo.

R360 promete volver en 2028 más fuerte, y quizá lo consiga. Pero su primer intento deja una lección incómoda para el deporte: en el rugby moderno, el dinero abre puertas, aunque no basta para mover a un ecosistema que todavía decide colectivamente quién juega y contra quién.