World Rugby no vendió la Nations Cup como un torneo más, sino como una promesa de calendario. Detrás hay dinero, un proyecto fracasado en 2019 y críticos que hablan de club cerrado.
Una palabra repetida en cada comunicado
La palabra es certeza. Cuando World Rugby anunció en noviembre de 2025 el arranque de la competición, su presidente, Brett Robinson, defendió que daría a las selecciones de segundo nivel certeza de partidos, competitividad e ingresos comerciales «por primera vez». El orden de la frase no es casual: primero el calendario, después todo lo demás.
Robinson, exinternacional australiano, fue elegido en noviembre de 2024 como sucesor de Bill Beaumont y es el primer presidente del hemisferio sur en la historia del organismo. Al confirmar el calendario de la ventana de noviembre repitió el argumento: la Nations Cup ofrece a cada federación «intensidad, certeza y oportunidad» de cara al Mundial de Australia.
La idea no nació con él. El Consejo de World Rugby aprobó en octubre de 2023 la reforma del calendario global y la presentó como una nueva era de oportunidad, certeza y crecimiento. Aquel texto ya prometía más partidos entre la élite y el resto en los años impares, con la misma etiqueta: certeza anual de competición.
Cómo se vivía sin calendario
Para entender por qué esa palabra pesa tanto hay que mirar el modelo anterior. Cada federación negociaba sus partidos de julio y noviembre por su cuenta y, según las reglas de World Rugby, el anfitrión se quedaba toda la taquilla. La teoría era que el favor se devolvía con la visita contraria, que a los pequeños casi nunca les llegaba.
Samoa es el caso más citado. En 2017 su federación se declaró en quiebra en plena gira por Europa, y Agustín Pichot, entonces vicepresidente de World Rugby, admitió que repartir taquillas no bastaba: lo que necesitaban las islas era competición estable a largo plazo. Es, casi palabra por palabra, el argumento que hoy usa Robinson.
La fragilidad se repitió después. En 2021 Samoa canceló por la pandemia una gira europea que incluía un partido contra España, y en 2024 renunció a la ventana de noviembre por dificultades financieras «significativas». Su presidente escribió a Beaumont que quería evitar el bochorno de ser la primera unión pequeña en quebrar.
El negocio que hay detrás de la certeza
Certeza, en el lenguaje de World Rugby, significa poder vender. Una federación que conoce sus rivales y sus fechas con meses de margen puede comprometer estadios, patrocinadores y acuerdos de televisión. La propia nota de lanzamiento situaba la mejora deportiva y el crecimiento de ingresos como los dos pilares del torneo.
España sirve de ejemplo. La Real Federación Española de Rugby ha pasado de unos seis millones de euros de ingresos en 2022 a los 14 previstos para 2026, y la organización de partidos ya es su principal fuente, con cerca del 30% del presupuesto. Tres partidos en casa cada noviembre par encajan en ese modelo.
Robinson completa el razonamiento con una cadena larga. Selecciones con más partidos serios llegan más fuertes al Mundial, y el Mundial es, en sus palabras, el motor financiero que hace crecer el rugby desde la base. Si las 12 de la Nations Cup compiten mejor en Australia, el torneo se habrá pagado solo.
El intento que fracasó en 2019
La certeza también es una respuesta a un fracaso. En junio de 2019 World Rugby abandonó su primer proyecto de Nations Championship porque las diez federaciones del Seis Naciones y del Rugby Championship no llegaron a la unanimidad exigida. El escollo fue cuándo y cómo aplicar el ascenso y descenso.
Aquel proceso dejó heridas. Un borrador filtrado excluía a Fiyi, Samoa y Tonga, y los jugadores de las islas llegaron a debatir un boicot al Mundial de Japón 2019. Pichot defendió en público un sistema de dos divisiones de 12 con ascensos y señaló al Seis Naciones como el bloque menos favorable.
La versión aprobada en 2023 cambió el orden de prioridades. Primero se garantizan los partidos y la conexión entre divisiones queda aplazada hasta la edición de 2030. Qué significa ese aplazamiento para España en esta edición es otra historia, que merece su propio análisis.
Lo que dicen los críticos
La recepción en octubre de 2023 fue dura. En redes se habló de apaño y de club cerrado, y la prensa británica citó a Portugal, España, Samoa y Uruguay entre los países que tendrán que esperar al menos hasta 2032 para optar a la mesa principal. El torneo de arriba sigue siendo de los mismos 12.
Lima Sopoaga, internacional con Nueva Zelanda y después con Samoa, calificó la decisión de «bofetada» para su país. El reproche de fondo es que, en los años pares, los pequeños pierden partidos contra la élite, que eran su mejor escaparate y su mejor escuela en las ventanas internacionales.
Hay otra objeción menos visible. La primera división es una empresa conjunta del Seis Naciones y SANZAAR, que conservan sus derechos comerciales, sin una garantía firme de cuánto dinero llegará a los de abajo. La certeza de calendario, por tanto, no equivale a un reparto de ingresos.
La prueba de noviembre
El calendario de este mes muestra los límites del argumento. Zimbabue juega sus tres partidos como local en Wakefield, Ealing y Angulema, y Hong Kong China recibe a Estados Unidos en Bourg-en-Bresse. Partidos garantizados no siempre significan taquilla propia, que era precisamente lo que faltaba en el modelo anterior.
España, en cambio, sí juega en casa: Uruguay el 7 en Madrid, Chile el 14 en Leganés y Samoa el 21 en Málaga, según el calendario de Los Leones. Para la federación, esas tres fechas son la versión práctica de la promesa de Robinson: rivales conocidos, estadio propio y entradas a la venta con meses de antelación.
El 21 de noviembre se coronarán los dos primeros campeones de la Nations Cup, pero la pregunta de fondo tardará más en resolverse. Si las selecciones de este escalón llegan más fuertes a Australia y llenan sus estadios, la certeza habrá sido un buen negocio para todo el rugby. Si no, los críticos tendrán su argumento.