En el ciclismo hay etapas llanas que deciden carreras de tres semanas, y casi siempre tienen un culpable: el viento. Cuando sopla fuerte de costado, el pelotón se rompe en grupos escalonados en diagonal, los llamados abanicos, y los favoritos que no están bien colocados pueden perder más tiempo que en una etapa de montaña.
El abanico es una de las maniobras más espectaculares y temidas del ciclismo en ruta. No depende solo de la fuerza de las piernas, sino de la colocación, de la lectura del terreno y del trabajo de equipo, y por eso los directores deportivos estudian el recorrido y la previsión del viento antes de salir del hotel.
Por qué se forma un abanico
En condiciones normales, los ciclistas se protegen del aire yendo a rueda, justo detrás del que va delante, una técnica conocida como drafting o ir a rueda. Con viento de frente funciona muy bien, porque el corredor de cabeza hace de pantalla para todos los que vienen detrás en una fila ordenada.
Con viento lateral, esa fila deja de servir. Para protegerse, cada corredor tiene que colocarse ligeramente desplazado respecto al que va delante, hacia el lado contrario al que sopla el aire. El resultado es una línea en diagonal que atraviesa la carretera de un lado a otro, con los ciclistas escalonados como las varillas de un abanico.
El problema es la anchura de la carretera. Cuando la diagonal llega al borde del asfalto, ya no caben más corredores protegidos. Los que se quedan fuera tienen que ir en fila india pegados a la cuneta, expuestos al viento y haciendo un esfuerzo mucho mayor que los de dentro, hasta que acaban perdiendo la rueda y se abre un hueco.
Las tres claves
Para que se produzca un abanico hacen falta tres ingredientes: una carretera recta y larga, viento fuerte de costado y, sobre todo, un equipo con ganas de romper la carrera. El viento lateral no siempre provoca cortes; si nadie acelera, el pelotón se adapta poco a poco y el abanico se forma de manera natural y lenta.
Cuando un equipo decide provocarlo, todo pasa muy rápido. Sus corredores se ponen en cabeza, aceleran en el punto elegido y cierran la diagonal contra la cuneta para que nadie pueda entrar. En pocos segundos, el pelotón queda partido en varios grupos, y los que se han quedado detrás tienen que formar su propio abanico para intentar recuperar el terreno perdido.
El exciclista Pablo Lastras, que pasó 18 temporadas en la estructura del actual Movistar, lo explicó así a la agencia EFE: el abanico lo hace todo el equipo, hay que mirar mucho el mapa y conocer dónde puede haber viento, y tiene que ser un engranaje perfecto. Con el aire de lado, decía, es la forma más rápida de andar en bici.
Abanico ofensivo y defensivo
Una vez producido el corte, en la carretera se ven dos tipos de abanico. El grupo de delante forma un abanico ofensivo, en el que todos colaboran para abrir la diferencia. El de detrás monta uno defensivo, con el objetivo contrario: cerrar el hueco antes de que la distancia sea demasiado grande para recuperarla.
El esfuerzo es comparable al de una contrarreloj por equipos, con relevos cortos y continuos para repartir el trabajo. La diferencia es que nadie sabe cuánto va a durar: depende de la dirección de la carretera, de que el viento siga soplando de lado y de que los equipos de delante tengan fuerzas para mantener el ritmo hasta la meta.
Por eso los abanicos son tan temidos por los favoritos en las grandes vueltas. Un líder puede perder un minuto o más en una etapa llana sin haber tenido un mal día, solo por estar mal situado en el momento del corte, y ese tiempo es muy difícil de recuperar después en la montaña.
Etapas que se recuerdan
El Tour de Francia de 2015 ofreció uno de los ejemplos más claros. En la segunda etapa, con final en la región holandesa de Zelanda, el viento rompió el pelotón y Chris Froome y Alberto Contador sacaron cerca de un minuto y medio a Nairo Quintana, Alejandro Valverde y Vincenzo Nibali, una diferencia decisiva en la general.
Las zonas costeras y las llanuras abiertas son las más propensas a los abanicos: los Países Bajos, Bélgica, el norte de Francia o algunas etapas de las vueltas por España, sobre todo en la meseta y cerca del mar. Las clásicas belgas de primavera, con viento y carreteras estrechas, también son terreno habitual para estas emboscadas.
Junto a los abanicos, otros fenómenos del pelotón explican por qué una etapa llana puede ser tan dura, como los látigos y el efecto acordeón, que castigan a los corredores colocados en la cola del grupo. Todos tienen algo en común: en el ciclismo, estar bien colocado vale tanto como tener buenas piernas.
Cómo se evita quedarse cortado
La única defensa real es la colocación. Los equipos de los favoritos rodean a su líder en las zonas de riesgo y lo llevan en las primeras posiciones del pelotón, aunque eso suponga gastar fuerzas. Estar delante cuando empieza el abanico garantiza un sitio dentro de la diagonal y evita la fila de la cuneta.
Por eso, en las etapas con previsión de viento, el pelotón va nervioso desde el principio, con todos los equipos peleando por la cabeza. Para el aficionado es un espectáculo; para los corredores, una tortura de varios kilómetros en la que un despiste puede costar una carrera entera, sin necesidad de subir un solo puerto.