Sídney le da la vuelta al guion del waterpolo español

Plata histórica de la selección femenina en su primera final de la Copa del Mundo y quinto puesto de una masculina eliminada en cuartos por Australia.

La grada del Centro Acuático Olímpico de París durante la final femenina de waterpolo de los Juegos de 2024
El Centro Acuático Olímpico de París, durante la final femenina de waterpolo de los Juegos de 2024.

La Superfinal de la Copa del Mundo de waterpolo se cerró el 26 de julio en Sídney con el guión español del revés. Iban de favoritos ellos, campeones del torneo en 2023 y 2025, y con dudas ellas, y acabó al contrario: la selección femenina jugó la primera final de su historia y se colgó la plata, mientras la masculina caía en cuartos ante la anfitriona Australia y terminaba quinta. En juego había algo más que un trofeo, porque los tres primeros de cada cuadro se aseguraban la clasificación directa para el Mundial de Budapest 2027.

Una Superfinal que vale por todo el verano

Sin las grandes citas del calendario, la fase final de la Copa del Mundo se convierte en el torneo de referencia de la temporada, y así lo han asumido tanto la RFEN como los dos seleccionadores. El formato reúne en cada categoría a los cinco mejores de la División 1, a los dos primeros de la División 2 y a la anfitriona: ocho equipos en un cuadro de eliminatoria directa con cuartos, semifinales y final que no admite margen de error. En el torneo masculino fueron España, Italia, Grecia, Hungría y Croacia por la División 1; Montenegro y Georgia por la División 2; y Australia como sede. Es un torneo corto y exigente donde un mal día deja fuera del podio.

El aliciente competitivo va más allá de la medalla. Los tres primeros clasificados de Sídney firman su plaza para el Campeonato del Mundo de deportes acuáticos de Budapest en 2027, de modo que cada eliminatoria pesa doble. Esa mecánica convierte la fase de Sídney en una puerta anticipada al Mundial de 2027, algo que en un deporte de márgenes estrechos vale tanto como el título en juego.

La masculina se estrelló en el primer cruce

La selección de David Martín viajó como la que más galones exhibe en la historia reciente del torneo: campeona de las dos últimas ediciones disputadas, Los Ángeles 2023 y Podgorica 2025, iba a por un tercer trofeo consecutivo. El técnico no escondía el cartel, pero lo matizaba con prudencia, consciente de que un viaje tan largo desgasta antes de competir. España iba, en sus palabras, de favorita pero a la aventura.

El aviso se cumplió en el primer partido. En los cuartos del 23 de julio, España mandaba 17-14 a cinco minutos del final y se dejó remontar: Australia firmó un 4-1 en el tramo decisivo, empató a 18 sobre la bocina y ganó la tanda de penaltis por 5-3, para un 23-21 que World Aquatics describió como histórico. Miguel de Toro había avisado de que subestimar a Australia sería un error grave, y el aviso se le volvió en contra.

Lo que quedó después fue el cuadro de consolación. España ganó a Croacia (18-14) y a Montenegro (17-16 en penaltis, tras un 12-12) para acabar quinta, lejos del podio. «No ha sido nuestra mejor actuación, pero poco a poco fuimos mejorando el juego. Después de tres cuartos íbamos tres abajo, así que tocaba enseñar carácter», resumió De Toro. El título se lo llevó Grecia, que ganó a Hungría por 15-14 en una final resuelta en el último suspiro y levantó la Copa del Mundo por primera vez.

Hubo ausencias de peso que ayudan a leer el resultado. David Martín dio descanso a tres pilares del oro mundial —Álvaro Granados, Alberto Munárriz y Marc Larumbe—, que no estuvieron en Sídney. Tampoco jugará Felipe Perrone: el eterno capitán, autor del último gol en la final de Singapur 2025, se retiró tras aquel Mundial. Era, por tanto, una España reconocible pero en plena renovación, con Unai Aguirre como referencia bajo palos.

La femenina, de las dudas a la primera final

El contraste con el equipo de Jordi Valls es lo que da tensión a la doble cita. La selección femenina es la vigente campeona olímpica de París 2024, pero aterrizó en Sídney después de un año irregular que dejaba dudas por resolver. En el Europeo de Funchal, disputado el pasado febrero, fue quinta pese a ganar seis de sus siete partidos, una clasificación que no reflejó lo que hizo en el agua.

La Superfinal esconde además un incentivo simbólico. La Copa del Mundo es el único gran título que le falta al waterpolo femenino español, que suma oros olímpicos, mundiales y europeos pero nunca ha levantado este trofeo; su último precedente fue el bronce de Long Beach en 2023. Valls lo plantea sin urgencias, como un paso más en el camino a Los Ángeles 2028, dentro del relevo generacional que ya asoma en la lista.

Las chicas abrieron la competición y no pararon. Ganaron los cuartos del 22 de julio a Hungría (8-7), un clásico europeo siempre incómodo, y en semifinales tumbaron a una Rusia que volvía al torneo tras cuatro años de ausencia: 10-10 al final del tiempo reglamentario, con el empate ruso a veintiún segundos, y 5-3 en la tanda, con parada de Martina Terré y lanzamiento decisivo de Ari Ruiz. Todo eso, además, sin su capitana, Bea Ortiz, que había pasado por una pequeña intervención al arrancar el verano, con el peso repartido en un bloque joven donde conviven veteranas del oro y caras nuevas.

La final se le hizo cuesta arriba. Estados Unidos ganó 13-9 con seis goles de Emily Ausmus, elegida mejor jugadora del partido, y sumó su sexto título. «Hemos generado mucho juego y las chicas han estado muy ordenadas y muy comprometidas, pero el gran esfuerzo no ha sido suficiente», admitió Jordi Valls. La plata deja intacta la única cuenta pendiente del waterpolo femenino español y, a cambio, asegura el billete para Budapest 2027.

Lo que España se lleva de Sídney

Más allá del oro, el reparto real de la semana era el de billetes, y ahí las dos selecciones salieron con suertes opuestas. La plata femenina cierra la clasificación para Budapest 2027 y ahorra cualquier repesca posterior; el quinto puesto masculino deja a los campeones del mundo fuera del podio que daba plaza directa. Ese contraste explica por qué ninguno de los dos equipos trató el viaje como un simple torneo de preparación estival.

La foto de conjunto explica la relevancia de la cita. El waterpolo es hoy uno de los deportes de equipo más laureados de España, con dos corrientes que se refuerzan: un masculino que encadena podios mundiales y un femenino que domina la escena olímpica. Sídney es la ocasión de medir a ambos ante la élite mundial en un mismo escenario y en pocos días.

Un termómetro con vistas a 2028

Al margen del resultado, la Superfinal ha funcionado como un banco de pruebas privilegiado de cara al próximo ciclo. Los dos seleccionadores diseñaron la preparación con estancias largas y torneos previos en Asia y Oceanía, buscando rodaje real más que un pico puntual de forma. En un verano sin más citas de primer nivel, este torneo era la mejor referencia hasta la próxima temporada.

Sídney, con su piscina cargada de historia olímpica, ofrecía el marco ideal para medir cuánto ha crecido el waterpolo español y cuánto le queda por ajustar. La doble presencia, masculina y femenina, confirma que hablamos de una potencia real y todavía infracubierta. De Australia ha salido una radiografía nítida del presente español: un equipo femenino que ya compite por todo y un masculino al que la renovación le ha pasado factura antes de lo previsto.