SUPERCOPA | REAL MADRID 1 - FC BARCELONA 3

Un Barcelona Supercampeón deja al Real Madrid con un superbajón

Gavi, portentoso, retrata a los blancos y le da el primer título a Xavi.

Busquets levanta la Supercopa tras derrotar al Real Madrid. /AFP
Busquets levanta la Supercopa tras derrotar al Real Madrid. AFP

Gavi, portentoso, retrata a los blancos y le da el primer título a Xavi.

Sergio Gómez

Sergio Gómez

La necesidad suele vencer al deseo porque quien la sufre la convierte en virtud. En este sentido es importante la palabra como elemento diferenciador. El Barça ansiaba esta Supercopa; el Real Madrid la quería. Esta desigualdad en emociones decantó el título, el primero que logra Xavi como entrenador azulgrana después de una lección ante Ancelotti que otorga valor a su figura y apuntala un proyecto que empezaba a ser mirado con recelo a pesar de ir líder en LaLiga. El técnico catalán abre la vitrina del Camp Nou 638 días después del último trofeo, algo que le da un espaldarazo tremendo de cara al futuro. Primero por la copa; después por arrebatársela a un Real Madrid que se marcha de Riad peor de lo que llegó. No perdía una final desde 2013...

Ya no hay coartadas que encubran la depresión de los madridistas. Ni la precaución pre Mundial ni el cansancio post Mundial son suficientes para explicar la venida abajo del equipo. Ganó al Valladolid agarrado a Courtois, un destello de Rodrygo le sacó del barro en Cáceres ante un Primera RFEF, el Villarreal le tiró a la lona, el Valencia le llevó a la prórroga y el Barça le ha zarandeado. El fantasma de la anterior segunda etapa de Ancelotti, donde un Madrid de récord pinchó el globo en enero hasta acabar sin ningún título de tronío, ya sobrevuela sobre alguna mente en Chamartín. Cada derrota es un terremoto y la de hoy en Riad es de varios grados en la escala de Ritcher.

Pongamos en orden el relato. Con Ancelotti la tentación no vive arriba sino en el centro del campo. Ahí reside la madre del cordero del italiano. Es en los partidos de exigencia cuando imagina a un Real Madrid en alerta y sucumbe a la seducción de meter un cuarto centrocampista. Ya lo hizo contra el Barça en esta Liga, con final feliz, y repitió plan en Riad, con un desenlace de pesadilla. Ausente Tchouameni, en su finalidad de ganar la batalla del medio optó de inicio por Camavinga a pesar de que palidece de salida. Como conviene que el francés se desbrave, fue Kroos el ancla para ser el orden junto al concierto Modric. Valverde tenía la misión de ser multiusos delante y atrás. Pero ni uno ni lo otro y el francés volvió a tirar otra oportunidad por la borda. Su cruz cada vez pesa más.

Carletto quiso de ese modo igualar la apuesta de Xavi, que se ahorró un extremo y abrigó la medular devolviendo a Busquets al once junto a De Jong, Pedri y Gavi. Fue un Barça que compareció con Araujo de lateral derecho para demoler cualquier artificio de Vinicius, y la frescura de Balde en la izquierda para abrir gas y competir en carrera con Fede Valverde. El plan de ambos estaba claro: no partirse ni abandonarse a la locura.

El inicio de partido confirmó una verdad vital. Solo cuenta la intensidad del instante. En ella reside el valor de todo y con ella es complicado caer. El Barça lo sabía porque el hambre te inocula entusiasmo y fuerza. La ausencia de estos dos componentes comenzó a desangrar al Madrid en la primera parte. Fueron los de Xavi los que tomaron la palabra, que es lo mismo que coger la pelota, porque al Madrid le gusta esperar, se siente cómodo observando y, después, corriendo. No fue ninguna sorpresa, ahí están los informes forenses de los últimos Clásicos. Aún sabiéndolo, el Barça no cambió su forma de ser porque lo suyo es cosa del árbol genealógico del club.

Los jugadores del Barça se abrazan ante Benzema y Asensio, cabizbajos.  EFE
Los jugadores del Barça se abrazan ante Benzema y Asensio, cabizbajos. EFE

Su comienzo fue estimulante, con mucha movilidad en ataque y con dos avisos de Lewandowski, francotirador silencioso. En los primeros diez minutos, el polaco mandó un remate alto y el otro al palo tras intervención magnífica de Courtois. El Madrid, aburguesado, empezó calculador y pronto comenzó a verse superado. Sobre todo por un Pedri, dueño de espacios, y un Gavi que se multiplicó para desconcertar a los blancos. Todas las jugadas de peligro tenían sus huellas dactilares.

Benzema hizo un amago de reacción, pero los madridistas no se reconocían, cometían los mismos pecados que en las últimas semanas y casi todos los jugadores estaban en suspenso. Valverde continua apagado y Modric, agotado; definitivamente a Camavinga le falta temple, conceptos y capacidad para elegir bien; Kroos, superado por la situación, se topó con un Pedri que fue lapa; Araujo fue el tippex de Vinicius (le perdonaron una amarilla ruborizada por una entrada en la primera parte); Carvajal estuvo desfigurado y Rüdiger fue Rüdiger, lo que no habla bien de él. Vestían pana mojada y arrastraban barro en las botas. Ya no hay argumentación que sostenga que el Real Madrid no tenga un problema físico. Y sin combustible, mengua.

El efecto Gavi

El Barça se percató de que ahí estaba la contraseña. Un error en la salida de balón del alemán, acabó con la pelota en los pies de Lewandowski tras una enérgica presión a Camavinga de Busquets, que asistió a Gavi para abrir el marcador. El andaluz sonrió porque llevaba ya el Clásico por montera. Aquello no solo no despertó al Madrid, que siguió en las tablas e incapaz de trenzar una jugada en condiciones, sino que animó a morder al Barça, consciente de que el rival estaba convaleciente, fuera del partido. En un nuevo ejercicio de mala colocación de los blancos, De Jong lanzó a Gavi un caramelo a la banda abandonada de Carvajal como si fuera un Rey Mago y el canterano envolvió el regalo a Lewandowski. Segundo golpe culé a lomos de un centro del campo con reminiscencias pasadas y mucho futuro, fuerza y maña.

Gavi y Pedri celebran el primer gol del Barça.  AFP
Gavi y Pedri celebran el primer gol del Barça. AFP

Era el guion soñado por Xavi, casi como un augurio de la felicidad. Un partido monocromático. Así llegó el descanso, con los azulgrana sonriendo y los blancos, rascándose la cabeza, con la lengua fuera y mirando alrededor con ojos de liebres cegadas preguntándose qué había pasado. Lo que sucedió es que no hubo ni acción ni reacción.

Cambios para no cambiar nada

Con todo perdido, Ancelotti se quitó lastre en el medio, se dejó a Camavinga en el vestuario (y señalado) y se encomendó a Rodrygo en busca de la remontada. Pero el encuentro no alteró su discurso. Ya corría abajo a favor del Barça. El Madrid pretendió rebelarse, pero su problema no era la voluntad. Vinicius lo intentó, Benzema se resistía... Se entregaron y se desesperaron al sentir que no les alcanzaba. El equipo no disparó ni una sola vez a puerta en 90 minutos.

Carletto quiso meter gasolina con Ceballos y lo que se encontró fue otro error mortal. Un centro del utrerano a Militao fue un suicidio. Lewandowski se benefició de ello y agarró el tirachinas. La jugada acabó en asistencia de Gavi a Pedri y en la confirmación del derrumbe. El resto de cambios de Ancelotti (Nacho y Asensio por Kroos y Carvajal) no alteraron el discurso. De no ser por Courtois, la goleada hubiese sido más abultada. Benzema, el otro que demostró amor propio, hizo el 1-3 en el descuento para ponerle maquillaje a un marcador que señaló al Barça como Supercampeón y dejó al Madrid con un superbajón.

 

Sergio Gómez
Sergio Gómez

Jefe de edición

Jefe de Edición en Relevo. Como Casemiro, mi felicidad está en las recuperaciones de balón porque así ayudo a mi equipo. Corto, pero también confecciono. Mi vida por un imperativo