Grand Slam Track: así quebró la liga de Michael Johnson

Un inversor se bajó, los premios no se pagaron y llegó el concurso: la crónica del derrumbe de Grand Slam Track, la liga de Michael Johnson.

Michael Johnson responde a la prensa en los Laureus World Sports Awards de Madrid en abril de 2024
Michael Johnson, durante los Laureus World Sports Awards de 2024.

Michael Johnson prometió una liga que pagaría a los atletas como nadie. Menos de un año después, Grand Slam Track acabó en un juzgado de Delaware con más de 40 millones en deudas.

Una promesa que acabó en un juzgado de Delaware

La idea sonaba a revolución del atletismo. Grand Slam Track nació para llenar los años sin Juegos y pagar a sus estrellas cifras impropias del deporte. En diciembre de 2025 pidió el concurso de acreedores en Delaware, con la temporada inaugural ya rota y las facturas sin cubrir.

El contraste con el discurso duele. Johnson, cuádruple campeón olímpico y comisionado de la liga, había vendido un torneo que trataría a los corredores como profesionales de verdad. El resultado fue el opuesto: decenas de atletas figuran hoy como acreedores en un procedimiento judicial abierto.

Cómo se vendió el proyecto más ambicioso del atletismo

El plan tenía escala. Cuatro reuniones al año, seis disciplinas, 48 atletas fichados y un bote de premios de 12,6 millones de dólares, con 100.000 para el ganador de cada prueba. En un deporte que apenas cobra cada cuatro años, la propuesta de superliga parecía un antes y un después.

Detrás había pesos pesados. El socio comercial era Winners Alliance, el brazo de la asociación de tenistas profesionales que preside el multimillonario Bill Ackman. El aval económico y los nombres olímpicos daban al proyecto una credibilidad que descansaba sobre cimientos mucho más frágiles de lo que aparentaba entonces.

Las estrellas respondieron. Firmaron campeonas olímpicas como Sydney McLaughlin-Levrone y Gabby Thomas, y velocistas como Kenny Bednarek. La primera temporada arrancó en la primavera de 2025 en Kingston, Jamaica, antes de viajar a Miami y a Filadelfia. Faltaba una última cita en el calendario: Los Ángeles.

El diagnóstico de partida era real. El atletismo concentra su atención mediática en los Juegos y el Mundial, y desaparece del foco el resto del tiempo. Otros proyectos, como el circuito femenino Athlos que impulsó Alexis Ohanian desde 2024, persiguen lo mismo: retener al aficionado en los años impares.

El inversor que se bajó a mitad de camino

La grieta estaba en la financiación. La liga presumió en 2024 de más de 30 millones en compromisos, pero una investigación de The Athletic reveló que solo había recibido 13 millones de su socio principal, Winners Alliance, con la opción —no la obligación— de aportar otros 19 más adelante.

El golpe definitivo llegó en abril de 2025. Todd Boehly, propietario del Chelsea y de su gestora Eldridge, se retiró de un term sheet firmado por 40 millones de dólares. Johnson admitió después que aquella marcha provocó un problema de tesorería mayúsculo del que la liga ya no logró recuperarse.

Por qué se hundió una liga con estrellas de sobra

El problema no fue la falta de talento, sino el orden de los pagos. Grand Slam Track siguió adelante con sus tres reuniones sin dinero suficiente en caja para cubrir premios y costes. Cargó gasto sobre gasto confiando en una financiación que nunca terminó de llegar a sus cuentas.

Los números del estreno son demoledores. La liga generó menos de dos millones de dólares en ingresos y acumuló más de 40 millones en deudas; las pérdidas de sus primeros seis meses rozaron los 37 millones. Ninguna estructura resiste ese desfase entre lo que entra y lo que se compromete.

Ahí aparece la paradoja de fondo. El proyecto se vendió como el que por fin trataría al atleta como profesional, pero lo levantó sobre compromisos sin respaldo real. Cuando el respaldo se evaporó, los primeros en quedarse sin cobrar fueron precisamente los corredores a los que decía dignificar.

Quién se quedó sin cobrar

La cancelación de Los Ángeles, prevista en el estadio Drake de UCLA, destapó la crisis en junio de 2025. En octubre, la liga pagó a los atletas solo la mitad de lo prometido y pidió a los proveedores que aceptaran también un 50% de sus facturas o afrontaran el concurso.

El concurso llegó el 11 de diciembre de 2025 en el juzgado de Delaware. Las cifras finales hablan solas: 40,68 millones en deudas frente a poco más de 800.000 dólares en activos. Los atletas quedaban como acreedores no preferentes, es decir, al final de la cola de cobro.

Los nombres pesan. A Sydney McLaughlin-Levrone se le adeudaban 268.750 dólares; a Kenny Bednarek, 195.000; a Gabby Thomas, 185.625. Entre las reclamaciones aparecían hasta la agencia antidopaje de Estados Unidos y World Athletics. En total, los corredores esperaban unos siete millones aún sin pagar.

Los proveedores fueron los grandes perjudicados. Productoras de televisión, agencias y hoteles sumaban unas facturas de 13 millones de dólares. El hotel W de Los Ángeles reclamaba 350.000 y el centro de congresos de UCLA, otros 70.000, por una cita que nunca llegó a celebrarse.

Y un detalle incendiario. Ocho días antes de cancelar Los Ángeles, Johnson recibió un pago de 500.000 dólares, presentado como devolución parcial de un préstamo suyo, que un comité de acreedores calificó de fraudulento. El propio Johnson aceptó devolverlo en marzo de 2026, siempre negando cualquier irregularidad en la operación.

El mismo expediente ofrece la otra cara. Johnson aparece también en la lista de acreedores: la liga le debe más de 2,4 millones de dólares, porque el 23 de mayo de 2025 prestó 2,25 millones de su propio bolsillo para que la reunión de Filadelfia se celebrara. No solo sacó dinero de Grand Slam Track: también lo puso.

Esa contradicción es el nudo del caso. El comisionado que cobró 500.000 dólares en junio es, según las propias cuentas del concurso, el particular que más dinero dejó dentro de la liga. Los acreedores lo leen como un directivo que se pagó a sí mismo antes que a nadie; su entorno, como el cortafuegos que evitó que la temporada se rompiera un mes antes.

Qué queda de la revolución prometida

La historia no terminó en la ruina absoluta. En abril de 2026, un juez aprobó el plan para salir del concurso: los atletas recuperarían en torno al 70% de lo pendiente y los proveedores, apenas un 14%. La liga sobrevive sobre el papel, pero sin ningún calendario deportivo a la vista.

El veto pesa más que las deudas. World Athletics avisó de que no autorizará nuevas pruebas de Grand Slam Track hasta que salde lo que debe a atletas y proveedores. Sin licencia y sin confianza, la temporada 2026 se quedó en blanco y el regreso sigue en el aire.

Queda una lección incómoda para el atletismo. Johnson acertó en el diagnóstico —el deporte malvive fuera de los Juegos— pero su solución se hundió por donde presumía de ser fuerte: el dinero. Relevo entrevistó a Johnson en el lanzamiento; aquel optimismo se lee hoy de otra manera.