La polémica entre Estados Unidos e Irán con el Mundial 2026 de por medio
Visados denegados, base en Tijuana y entradas a EE.UU. solo el día del partido. La guerra entre Estados Unidos e Irán ha convertido la participación del Team Melli en la primera crisis del Mundial 2026.
La participación de Irán en el Mundial 2026 fue la primera crisis diplomática del torneo. La guerra abierta con Estados Unidos, el país anfitrión, ha contaminado de política un acontecimiento que la FIFA quería blindar.
Un partido que se juega en territorio enemigo
La paradoja es brutal. Irán compite en un país con el que está en guerra desde febrero de 2026, un conflicto que ya en pleno desarrollo del Mundial ha seguido sin acuerdo de paz. Ningún reglamento deportivo había previsto un escenario tan extremo.
La FIFA y Trump dieron luz verde. El presidente estadounidense afirmó que, si lo pedía su amigo Gianni Infantino, había que dejar jugar a Irán, pero el visto bueno político no resolvió la maraña de visados y restricciones que vino después.
El conflicto de los visados
La selección iraní logró entrar, aunque a medias. Estados Unidos concedió los visados a todos los jugadores, según confirmó el 5 de junio el embajador en Turquía, Tom Barrack. La noticia despejó la duda mayor: el ‘Team Melli’ disputaría el torneo.
El problema apareció en la letra pequeña. Washington denegó los permisos a parte del cuerpo directivo y técnico: entre los vetados figuran el secretario general de la federación, Hedayat Mombini, el director ejecutivo Mehdi Kharati y el de comunicación, Mohsen Motamedkia.
Las cifras de la delegación lo resumen. Irán denunció que se negaron visados a unos 14 o 15 miembros del equipo ampliado: gestión, logística y comunicación, justo las piezas que permiten entrenar, coordinar seguridad y atender a los medios con normalidad.
Entrar y salir el mismo día
La logística resultante es inédita en un Mundial. Por orden estadounidense, jugadores y técnicos solo pueden pisar Estados Unidos el día antes de sus partidos, con la obligación de regresar a México una vez suene el pitido final de cada encuentro.
Por eso Irán fijó su base lejos de las sedes. El equipo montó su campamento en Tijuana, en México, tras descartar la sede inicialmente prevista en Tucson, Arizona. Desde allí debe cruzar la frontera para sus tres compromisos del Grupo G en Los Ángeles y Seattle.
Deporte y geopolítica en el mismo campo de juego
El choque de relatos es el corazón del asunto. Estados Unidos responde desde el manual de la seguridad nacional: control fronterizo y prevención de usos fraudulentos del sistema migratorio. Para Washington, no es fútbol, es soberanía.
Irán da la vuelta al argumento. Sostiene que el equipo no viaja, sino que compite bajo el paraguas de la FIFA, y ha exigido el mismo trato que cualquier otra selección. Su discurso es quirúrgico: no habla de fútbol, habla de normas y de igualdad de condiciones.
Hay un punto especialmente espinoso. Estados Unidos mantiene controles sobre cualquier vinculado a la Guardia Revolucionaria, pero Irán recuerda que el servicio militar es obligatorio para los varones, incluidos los atletas. Lo que para uno es seguridad, para otro es castigo colectivo.
El precio simbólico lo paga el torneo. La FIFA prometió una Copa del Mundo inclusiva y sin fronteras, y arranca con una selección obligada a dormir en otro país. El caso iraní expone la distancia entre el ideal mundialista y la realidad política del anfitrión.
El precedente que pesa sobre el debut
La historia entre estas dos naciones ya tuvo capítulo futbolístico. En el Mundial de Francia 1998, Irán venció 2-1 a Estados Unidos en un partido cargado de simbolismo en plena tensión diplomática. Aquel duelo se recuerda como un raro momento de deshielo sobre el césped.
El recuerdo amplifica el presente. La federación de Irán pidió a la FIFA garantizar la equidad de la competición, mientras su capitán, Ehsan Hajsafi, trasladaba la queja por los retrasos en los permisos. El malestar, esta vez, llegó antes incluso del primer balón.
El ‘Team Melli’ jugará su Mundial cruzando una frontera cada vez que salte al campo. Su caso demuestra que, en 2026, la política se cuela hasta el vestuario de una de las selecciones más antiguas de Asia.