España reina en el abismo para conquistar su segunda estrella

La final entre España y Argentina estuvo marcada por la identidad de ambas selecciones y la clara superioridad futbolística de la nueva campeona del mundo.

El capitán de España, Rodrigo Hernández, levanta al cielo del MetLife Stadium la Copa del Mundo rodeado de sus compañeros de selección.
AP Photo/Adam Hunger

El fútbol dictó su sentencia en Nueva York, donde la geometría de España desarmó a la pasión de Argentina. ’La Roja’ conquistó el firmamento frente al indomable combinado albiceleste, que supo resistir en el marcador hasta la segunda parte de la prórroga.

Dos maneras de jugar una final

No era un partido corriente. La final fue una batalla cultural entre el orden identitario y la mística eterna. Dos estilos que se parecían en la intención, pero que diferían en su capacidad para mantener el control y la forma.

Luis de la Fuente dibujó para España un laberinto donde cada pieza conocía su destino exacto apoyado en la paciencia y en la identidad, de nuevo en trance por poner en práctica su fútbol y generar peligro a través del control y de la aceleración cerca del área rival.

Frente a ellos, el combativo bloque de Scaloni actuó como una auténtica falange romana, dispuesta a defender con orgullo la corona mundialista ganada por Argentina en Catar para reeditarla en Estados Unidos.

Fue en la prórroga, ese territorio cercano para lo que había sido el camino argentino, donde el tiempo terminó aliándose con España, coronando la audacia de una propuesta innegociable y pura. El triunfo de la paciencia frente a la erosión. Un ejercicio de personalidad absoluta.

75% de una posesión indiscutida

El encuentro nació absolutamente condicionado por las intenciones tácticas de ambos contendientes sobre el césped. España asumió el protagonismo desde el pitido inicial, monopolizando una posesión que alcanzó el sesenta y cinco por ciento de promedio.

Pero no era un control estéril, sino un hipnótico ejercicio de paciencia para desgastar la estructura defensiva albiceleste. La creatividad española, con Rodri y Dani Olmo como baluartes, así como el instinto incisivo de Cucurella y Pedro Porro, hicieron del partido un monólogo.

Por su parte, Scaloni planteó una resistencia numantina, transformando el choque en un territorio áspero, rudo y con continuas interrupciones. Argentina recurrió a las faltas tácticas como argumento primordial para que los virtuosos centrocampistas españoles no encontraran fluidez.

Pero el combinado europeo supo eludir con madurez cualquier provocación y mantuvo la calma necesaria para inclinar el mapa mediante 773 pases perfectos. En un escenario de partido esperado, la selección española solo necesitó calma y paciencia.

El exilio de la leyenda

El libreto de Luis de la Fuente priorizó el bloqueo de los pasillos interiores, una autopista que solía canalizar un tercio de los ataques de la albiceleste en este Mundial y que Rodri, Cubarsí y Laporte cerraron con mimo.

Esa presión feroz y coordinada de mediocentros y centrales obligó a los argentinos a desviar sus ataques laterales y conservó la visión esencial de una defensa española a la altura de su capacidad asociativa, con Unai Simón como pilar fundamental, atento a cada acción desde la portería.

La asfixia posicional provocó el aislamiento absoluto de Lionel Messi, desconectado por completo de su habitual zona creativa en tres cuartos hasta los minutos finales. El rosarino vivió una pesadilla táctica indescifrable, limitado durante los ciento veinte minutos de juego.

Sin líneas de suministro operativas, el capitán quedó totalmente neutralizado por la feroz presión de un entramado solidario y quirúrgico que supo desactivar al peligro más evidente de una Argentina que bebió de su talento durante todo el torneo.

El tiburón y la rebelión desde el banquillo

Sin embargo, no todo era positivo para los españoles. Nico Tagliafico había completado una actuación defensiva colosal anulando a Lamine Yamal, minimizando el impacto del joven extremo mediante constantes contactos físicos y vigilancias zonales inquebrantables.

Ante esa parálisis, la oportuna gestión de los cambios por parte de De la Fuente modificó radicalmente la fisonomía del duelo, devolviendo la amplitud necesaria por banda izquierda y mejorando la capacidad de España en encontrar duelos eficaces por dentro.

La irrupción de Nico Williams oxigenó los ataques españoles, mientras que Pedri aportó la clarividencia necesaria entre líneas. Los jugadores de refresco no sólo dieron cierto dinamismo posicional, sino que profundizaron la crisis de Argentina, físicamente triturada por el esfuerzo.

El despliegue de energía exigido por el bloque bajo terminó por resquebrajar por completo los cimientos del plantel de Argentina, que acusó el cansancio y al que las lesiones del ‘Cuti’ Romero y del ‘Licha’ Martínez privaron a Scaloni de mantener su coraza defensiva en momentos críticos.

El hundimiento definitivo se consumó con la expulsión por doble amonestación de Enzo Fernández en el epílogo de los noventa reglamentarios, que obligaron a los albicelestes a afrontar la prórroga en inferioridad.

Una traba más para evitar la capitulación de un bloque desgastado que vio quebrado su heroico ejercicio de resistencia extrema ante un equipo claramente superior durante todo el encuentro y que supo llegar al gol con una jugada construida desde el banquillo.

Cesión de Nico Williams de cabeza y remate heróico de un Ferran Torres marcado por su ineficacia hasta ese instante. Gol y campeonato para una España que luchó con sus armas y que encontró en su identidad y personalidad la garantía para bordar en su escudo una estrella más, en una nueva final de la Copa del Mundo decidida en la prórroga.

Continuidad y despedida

Para España, este nuevo Mundial representa el renacimiento definitivo de una identidad futbolística formidable, que abraza la lírica y la efectividad contemporánea. La consagración en esta cita corona un proceso impecable donde la juventud asumió galones históricos sin miedo al escenario.

Por su parte, Argentina despide el torneo con el orgullo intacto de una estirpe competitiva inigualable bajo el mando de Scaloni, con cinco finales seguidas y llanto final en Nueva York, que no oscurece una epopeya majestuosa grabada a fuego en los libros y con un protagonista épico con la ‘10’ a la espalda.