Quedan dos minutos, un equipo pierde por un gol y su portero se va al banquillo. En su lugar entra un jugador con una camiseta de portero que no se queda bajo los palos, sino que sube a atacar.

Es el portero-jugador, una de las jugadas más reconocibles del fútbol sala y una de las más arriesgadas: el equipo ataca con cinco, pero deja la portería vacía y a merced de cualquier robo del rival.

La estrategia se ha convertido en un clásico de los finales igualados, y pocas jugadas cambian tanto un partido en tan poco tiempo. Con la ronda principal de la Champions de fútbol sala en marcha y los equipos españoles en liza, conviene conocer cómo funciona y qué reglas tiene, porque no es simplemente sacar a un jugador más.

Qué es el portero-jugador

En el fútbol sala, cada equipo juega con cinco futbolistas en pista: un portero y cuatro jugadores de campo, con cambios ilimitados durante todo el partido.

Con el portero-jugador, el entrenador sustituye al portero por un jugador de campo que viste una camiseta del mismo color que la de los porteros, con su propio número a la espalda, y que se suma al ataque. Así el equipo ataca con cinco jugadores contra cuatro.

La superioridad numérica permite mover el balón alrededor del área rival, buscar el pase al compañero libre y obligar a la defensa a bascular constantemente. Bien ejecutado, el cinco contra cuatro genera ocasiones claras, porque siempre hay un atacante sin marca. Por eso muchos equipos entrenan sus jugadas de portero-jugador con tanto detalle como el balón parado.

La camiseta no es un detalle menor. Los árbitros necesitan identificar en todo momento quién actúa como portero, porque es el único que puede tocar el balón con las manos dentro de su área, y por eso el reglamento exige que el portero-jugador lleve una camiseta diferente a la de sus compañeros.

Las reglas que lo limitan

El portero-jugador no tiene libertad total. Las reglas de la FIFA establecen que, cuando está en su propio campo, solo dispone de cuatro segundos con el balón y, una vez que lo ha tocado allí, no puede volver a jugarlo en su campo hasta que lo toque un rival. Por eso el portero-jugador suele colocarse en campo contrario, donde no tiene esas limitaciones.

Esas restricciones son las mismas que afectan a cualquier portero de fútbol sala, que también tiene cuatro segundos para jugar el balón en su campo. La diferencia es que el portero-jugador no defiende la portería, de modo que el equipo depende de que nadie pierda el balón en una zona peligrosa.

Un riesgo enorme

El problema es evidente: la portería queda vacía. Un mal pase, un rechace o un robo del rival pueden convertirse en un gol a puerta vacía desde cualquier parte de la pista, porque no hay nadie para defenderla. En el fútbol sala, con una pista de 40 metros de largo, un disparo desde el propio campo puede llegar a la portería en pocos segundos.

Por eso los equipos que lo usan cuidan mucho la posesión y aceptan ritmos lentos, con pases seguros hasta encontrar el hueco. El rival, en cambio, busca cerrar los espacios, robar y lanzar desde lejos. Muchos partidos se resuelven así: un equipo que busca el empate con el portero-jugador acaba encajando el gol que le sentencia.

Defenderlo también es un arte. Los equipos que se enfrentan a un portero-jugador suelen cerrarse en una estructura compacta, de cuatro defensores muy juntos, para proteger la zona central y obligar al rival a mover el balón por fuera. Su objetivo es esperar el error y lanzar a la portería vacía en cuanto roban.

Cuándo se utiliza

Lo habitual es recurrir al portero-jugador en los últimos minutos, cuando un equipo va por debajo en el marcador y necesita marcar. Al arriesgar con la portería vacía, presiona más al rival y multiplica sus opciones de gol, a cambio de exponerse a encajar. Es una decisión que se toma con el reloj en contra.

También se usa en otros momentos: para romper una defensa muy cerrada, para aprovechar una superioridad cuando el rival tiene un jugador expulsado o, en algunos equipos, como recurso táctico durante varios minutos de un partido igualado. Cada entrenador tiene su propio criterio, y algunos son más atrevidos que otros.

Hay partidos que se recuerdan precisamente por esta jugada. En mayo de 2024, el portero-jugador del Jimbee Cartagena, Motta, metió a su equipo en la final de la Copa del Rey marcando a falta de seis segundos, un ejemplo de cómo el cinco contra cuatro puede cambiar un partido en el último instante.

En la Champions de fútbol sala, donde el Barça y ElPozo representan este curso al fútbol sala español en la ronda principal, el portero-jugador es una herramienta habitual en los partidos igualados, porque cada gol puede decidir el pase a la siguiente fase.

Otras reglas del fútbol sala

El portero-jugador es solo una de las particularidades del fútbol sala. Los partidos duran 40 minutos de tiempo efectivo, divididos en dos partes de 20 con un descanso de 15, y el reloj se detiene cada vez que el balón sale o el juego se interrumpe.

Los saques de banda y de esquina se hacen con el pie y las faltas se acumulan: a partir de la sexta, el rival lanza un tiro libre directo sin barrera, una de las situaciones más temidas en los finales igualados.

Las sustituciones son ilimitadas y los entrenadores tienen un tiempo muerto por parte. Todo ello hace del fútbol sala un deporte de ritmo muy alto y de decisiones constantes, en el que una jugada como el portero-jugador puede convertir los últimos minutos en los más intensos del partido.