El Madrid sucumbe a su falta de fútbol en el Metropolitano

Más allá del arbitraje, el equipo merengue debe dirigir la mirada a los jugadores y a su escasa capacidad a la hora de elevar las esperanzas y el nivel futbolístico del Real Madrid.

José Mourinho junto a los futbolistas suplentes o ya sustituidos, durante la derrota del Real Madrid ante el Atlético de Madrid en el Metropolitano.
Foto: IMAGO / Anadolu Agency

El Real Madrid tropezó con estrépito en su visita al Metropolitano, firmando una actuación gris que deja al descubierto graves carencias colectivas justo antes de un largo parón internacional. Más allá del resultado (2-1) o de cualquier lance puntual, las sensaciones transmitidas por el conjunto blanco resultan preocupantes.

Mucho más allá de un arbitraje debatible

Cabe destacar que, dentro del análisis del partido, resultaría demasiado tentador y simplista buscar explicaciones externas cuando la pelota rueda con tan poca fluidez sobre el césped y cuando son tan patentes algunas de las carencias que, no solo esta campaña, vienen agobiando a los madridistas.

Las protestas sobre el estamento arbitral suelen servir como parapeto, tal y como quiso reflejar Mourinho en rueda de prensa posterior, pero ocultarían la realidad de un equipo desdibujado que nunca llegó a adueñarse de las disputas ni de las zonas decisivas del campo y que en la primera mitad apenas amenazó con disputar el plan de partido al ‘Cholo’ Simeone.

La lectura profunda del encuentro exige dirigir la mirada hacia el rendimiento del Madrid y su fórmula para intentar llevar la iniciativa, de momento, poco más que inexistente. El Atlético supo llevar el duelo a su terreno emocional y táctico desde el pitido inicial, ahogando cualquier conato de posesión visitante y logrando que, ante su arco, sucedieran pocas cosas relevantes.

Cuando la intensidad rival supera la concentración propia, recurrir a la dinámica arbitral debería estar en un segundo plano. El vestuario madridista necesita asumir que el problema no estuvo en que el colegiado estuviera más o menos acertado, sino en la alarmante falta de contundencia, capacidad y liderazgo de los suyos para disputar un partido que debía estar marcado en rojo en el calendario.

Las decisiones del colegiado generaron un debate lógico (especialmente con la entrada de Kang-in Lee sobre Valverde, muy dura y sin castigo), pero no justifican la imagen abúlica que ofreció el bloque blanco durante 90 minutos. Centrar el discurso en esos errores solo es una huida hacia adelante peligrosa.

La falta de ideas y de juego del Madrid

La circulación de balón resultó exasperantemente lenta, predecible y carente de verticalidad durante casi todo el desarrollo del encuentro, siendo esta una clave interesante para analizar lo deportivo, pues sin movilidad entre líneas ni desmarques de apoyo que rompan estructuras cerradas, la posesión se convierte en un mero trámite inofensivo de banda a banda.

El centro del campo caminó sin brújula, incapaz de filtrar pases peligrosos o de acelerar las jugadas en los metros finales del terreno. La desconexión entre la medular y la línea de ataque dejó a los futbolistas más desequilibrantes completamente aislados entre la maraña defensiva rival y cada posesión moría en situaciones defectuosas, como ya ocurrió en el pasado partido en Elche.

Los automatismos tácticos brillaron por su ausencia y la improvisación acabó siendo el único recurso al que agarrarse sin éxito. Cuando un equipo de esta jerarquía renuncia a la elaboración y se limita a esperar chispazos aislados, queda expuesto ante rivales bien organizados.

Faltó la pausa inteligente para atraer rivales y la velocidad precisa para castigar los espacios, mostrando una versión futbolística tremendamente pobre y previsible para un transatlántico de este nivel y con una plantilla superior a la de su rival, pero que no refleja esa coyuntura. Hoy no queda claro dónde está impactando la mano de Mou en las primeras semanas de su Madrid.

La sensación de impotencia fue creciendo a medida que corrían los minutos, confirmando que la crisis de ideas futbolísticas es bastante más profunda, aunque es evidente entender que, más allá de lo futbolístico, hay una realidad compleja sobre los líderes y los funcionarios en este Real Madrid de Mourinho.

Mourinho aún no da con la tecla

El técnico portugués se vio claramente superado en la pizarra y sus decisiones durante el choque no lograron cambiar la dinámica negativa. El planteamiento inicial careció de la agresividad táctica necesaria para un escenario tan exigente, y la lectura del desarrollo del choque tampoco aportó soluciones desde el banquillo.

Los retoques tácticos resultaron tardíos e insuficientes, demostrando que la libreta aún no encuentra las respuestas que requiere la plantilla. La gestión de los cambios no alteró el rumbo del partido ni aportó el aire fresco que pedía a gritos el colectivo.

El entrenador debe asumir su cuota de responsabilidad al no haber logrado transmitir la intensidad ni el plan de juego adecuados para afrontar una cita de tal magnitud. Construir un bloque sólido y reconocible está llevando más tiempo de lo esperado. La afición empieza a impacientarse ante la clara falta de una identidad eficiente, exigiendo ajustes en la propuesta y, ante todo, en la actitud de los jugadores.

El banquillo necesita reaccionar rápido en cuanto a las opciones que tiene que llevar a cabo para potenciar su juego. Además, revisar las convicciones tácticas y encontrar la estructura que potencie las virtudes de sus mejores futbolistas solo será suficiente si el paso hacia adelante de los jugadores empieza a hacerse evidente.

El liderazgo inexistente de las vacas sagradas

En las citas de máxima exigencia es donde los teóricos líderes deben dar ese paso al frente que cambie la inercia de un partido atascado. Con la capacidad futbolística de algunos de los mejores jugadores de este Real Madrid, además, ese paso debería poder cambiar el partido radicalmente.

Sin embargo, la respuesta de las grandes figuras de este Madrid resultó ser, de nuevo ante el Atleti, un desgarrador ejercicio de apatía. Ni Vinícius, preso de arrancadas sin fe; ni Mbappé, desde hace semanas atrapado en su propia sombra; ni la pareja Valverde-Tchouaméni, desde una sala de máquinas sin profundidad, supieron aportar soluciones.

Son todos futbolistas llamados a marcar una época, pero que ante una realidad compleja en estas primeras semanas de competición se encogen de hombros ante el vendaval que azota al equipo merengue. Una situación que genera una honda preocupación en la parroquia blanca. Y con razón.

No hubo un solo gesto de rebeldía en las vacas sagradas de este Madrid y ninguna llamada al orden cuando el plan trazado comenzaba a saltar por los aires. El equipo se dejó llevar por la corriente sin que sus referentes ejercieran ese peso jerárquico (y futbolístico) tan necesario en las noches oscuras.

La única nota discordante sobre el césped la puso Jude Bellingham, aunque su ímpetu se tradujo más en frustración que en un liderazgo constructivo. El inglés peleó cada balón con el alma incendiada, gesticulando y recriminando a sus compañeros esa falta de tensión tan alarmante mientras corría sin descanso.

Muy tocados al parón

La derrota encajada en el gran duelo capitalino deja una herida profunda justo antes de la interrupción del calendario oficial de competición. Marcharse a la ventana de partidos internacionales con este sabor amargo garantiza algo más de dos semanas de intenso debate y marejada mediática.

El margen de error en el campeonato doméstico se reduce considerablemente a pesar de las pocas jornadas jugadas y las sensaciones transmitidas no invitan precisamente al optimismo inmediato entre los aficionados.

El vestuario afronta un periodo de reflexión obligada que debe servir para encajar las críticas, asumir errores y buscar soluciones de fondo. Perder un partido de estas características siempre duele, pero la imagen ofrecida agrava considerablemente las consecuencias emocionales del tropiezo.

El regreso a la competición exigirá una respuesta contundente para espantar los fantasmas que ahora mismo sobrevuelan el coliseo blanco. El Real Madrid ya ha demostrado en el pasado su capacidad para levantarse tras golpes duros, pero la reacción debe ser inmediata y futbolística.