OPINIÓN

Mis primeras 24 horas en un Mundial: cuando perder una mochila te da un golpe de realidad sobre Catar

Diego Campoy

Diego Campoy desde Catar

Los rascacielos de Doha desde el barrio de Msheireb /GETTY IMAGES
Los rascacielos de Doha desde el barrio de Msheireb GETTY IMAGES

Doha no entiende de primeras impresiones. Los aficionados que llegan a Catar de noche son recibidos con una temperatura digna de una terraza en la costa mediterránea. Ni mucho frío ni demasiado calor. El clima perfecto para tomar lo que te apetezca. Salvo si aquello que deseas lleva alcohol. En cuyo caso deberás hacerlo en casa o en un hotel de cinco estrellas. En los de menor calidad es necesario pasar por un control de seguridad donde escanean las pertenencias de los huéspedes. Al menos, en la primera visita.

Quien escribe estas líneas olvidó su mochila en el aeropuerto durante tres horas. En su interior contenía dos portátiles además de varios documentos muy valiosos. En la mayoría de sociedades, no quedaría rastro de ella. Aquí, alguien la encontró y la dejó en objetos perdidos. Fue una gran muestra de realidad. Este Mundial está manchado, pero la gente de a pie no tiene culpa.

Las autopistas son inmensas. En ellas se cruzan estilos de conducción variados. El orden europeo choca con el caos hindú. ¿Resultado? Un tráfico difícil de esquivar. El Souq Waquif esconde los secretos de este país. Es una zona de edificios construidos bajo las pautas de la arquitectura árabe. Montones de casas bajas forman pasillos repletos de puestos de ventas y restaurantes de comida local. En algunos se puede comer en el suelo. No es muy práctico puesto que el arroz predomina en las opciones a elegir. Pero tiene su encanto.

Mis primeras 24 horas en un Mundial: cuando perder una mochila te da un golpe de realidad sobre Catar

Las primeras horas de sol son complicadas. El metro, recién construido, ayuda a combatir las altas temperaturas. Tres líneas conectan toda la ciudad gracias a unos trenes en los que se podría vivir. Cada estación está custodiada por unos diez voluntarios que ofrecen indicaciones constantemente por muy aparentes que resulten.

El Centro de Convenciones de Catar se ha convertido en un fortín para la prensa. No solo por el aire acondicionado, sino por sus prestaciones a los desplazados para trabajar. Bajo techos altísimos se producen todos los programas emitidos a nivel mundial desde Doha. También se ofrece comida -esta vez en una mesa- y autobuses que recorren tanto hoteles oficiales como centros de entrenamiento.

La Universidad parece construida con el fin de que todos sus estudiantes se conviertan en futbolistas profesionales. Varios campos anexos en un estado impoluto rodean la residencia en la que se hospedarán Países Bajos, Argentina y España. Las calles de la ciudad ven como poco a poco llegan aquellos que aman el fútbol. A cuatro días de que eche a rodar la pelota, marroquíes y tunecinos hacen más ruido que nadie. Exceptuando a los locales que apoyan a Leo Messi. Algunos visten pelucas albicelestes. Otros tocan el tambor. Es un ambiente peculiar con aspectos positivos y negativos. Pero todavía sin gente que de color a esta fiesta. Se estima que no tardarán en llegar. Habrá que esperarles en un hotel de cinco estrellas.