Luis de la Fuente y el largo camino del líder
Mucho antes de alzar el trofeo en Nueva York, el riojano conoció la cara más amarga de los banquillos, pero un anuncio de prensa en 2013 le abrió las puertas de España y allí comenzaría Luis de la Fuente a construir un método futbolístico y un legado.
El valor de la paciencia
Edificar un lenguaje común a través de esa paciencia y esa fe hizo que uno de sus pilares fundamentales sea el balón. Jugar al fútbol exige esa relación con la pelota que el propio De la Fuente parece haber bebido de sus predecesores, especialmente con la enseñanza a nivel identitario que supuso el paso de Luis Aragonés por el banquillo.
Pero el camino del actual seleccionador no responde a una aparición repentina en la élite, sino a más de una década de trabajo metódico en las categorías inferiores de la RFEF. Su paso por la Sub-19, la Sub-21 y la selección olímpica le permitió construir un idioma táctico común compartido por el núcleo del vestuario.
De dominar en cantera a ganar Eurocopa y Mundial
Esa continuidad metodológica facilitó que muchos de los futbolistas que han pasado por sus manos implementaran ciertos automatismos de memoria desde el primer día en la absoluta. Figuras como Fabián Ruiz, Dani Olmo o Unai Simón han incorporado desde la adolescencia las enseñanzas del míster, creando un ecosistema de confianza mutua.
Más allá de la pizarra, su liderazgo destaca por erradicar los egos y exigir siempre una dosis de calidad humana, solidaridad y capacidad de sufrimiento. Algo que, precisamente tras ganar la Copa del Mundo, ha reforzado varias veces delante de las cámaras.
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— FIFA World Cup (@FIFAWorldCup) July 20, 2026
Pocos estrategas han dirigido al mismo grupo durante más de una década, transformando jóvenes promesas en campeones continentales y mundiales a través de la fidelidad innegociable a un estilo colectivo y a una forma de entender el compañerismo, el liderazgo y, cómo no, la pizarra.
De la posesión contemplativa, al mordisco vertical
Su gran logro táctico con la absoluta ha consistido en ir con su equipo un paso más allá del juego de posición. Una idea basada en esa paciencia como recurso táctico mezclada con una intención punzante. España no renunció al balón, pero abandonó la circulación apática para convertirse en un conjunto agresivo, directo y vertical.
La tenencia de la pelota pasó de ser solo un refugio para ser una herramienta con la que lastimar al rival. Entendió que la posesión necesitaba desequilibrio exterior y velocidad en las bandas. Una realidad oportuna, por la irrupción de dos piezas clave en las que confió sin dudarlo: Lamine Yamal y Nico Williams.
Bandas más allá del señuelo
Ambos jugadores le permitieron abrir el campo con extremos puros y junto a esa electricidad sumó la libertad de laterales como Carvajal, Cucurella, Llorente o Pedro Porro, todos reconvertidos en atacantes o creativos, con vocación de extremos llegadores o apoyos constantes en la presión e incluso en la circulación.
En ese contexto, cada recuperación tras pérdida se convirtió en una estampida coordinada hacia los extremos, que lograban imponerse con soltura. Si las bandas habían sido siempre un recurso para aportar amplitud, Luis de la Fuente giró un poco la tuerca para que fueran, también, amenaza. Su idea era la demostración de que el control y el vértigo se podían dar la mano.
Un nuevo matiz ofensivo clave en sus primeras citas importantes, adquiriendo una versatilidad táctica que desarmó a cualquier oponente durante la Nations League de 2023 y en la Eurocopa de 2024. Dos primeras grandes pruebas para testar el techo de la maquinaria.
La asfixia sin balón
Si el ataque deslumbró por esa fluidez a través de la movilidad y la participación, la fase defensiva de Luis de la Fuente revela la dimensión de ese compromiso colectivo que tan bien entiende el seleccionador y que ha sabido trasladar al equipo.
Instauró así una presión tras pérdida colosal, donde el grupo muerde en el segundo exacto en que extravía el esférico y que permite, a través de ese acoso asfixiante, cortar transiciones rivales a la espalda de la defensa y sostener un bloque instalado con firmeza en campo contrario.
Esa valentía a la hora de proponer exigía, en defensa, la colaboración de todos. Desde la base, la figura de Rodri funciona como el termómetro perfecto para equilibrar todos esos esfuerzos colectivos junto a otros perfiles notables, como Fabián Ruiz.
Como esa pieza clave, Rodri sabe sostener la defensa en reposo y anticipa los contragolpes enemigos con su lectura de juego. Su presencia otorga cobertura a centrales valientes como Laporte y Cubarsí, claves en este Mundial 2026, permitiendo que la zaga pueda defender muy lejos de su propia área.
Algo muy importante para no desnaturalizar el perfil de sus centrales y darles la opción de participar en salida (para el portero, vital) y en construcción. El resultado de este engranaje es un registro defensivo histórico durante la última cita, pero que ya brilló antes antes de la irrupción de la línea defensiva mundialista.
Aún así, conceder un único tanto en ocho encuentros en 2026 confirma que la solidaridad no es un discurso de vestuario, sino una realidad que ha dado la oportunidad de mantener la idea sin sustos, incluso en sus peores partidos.
El puente perfecto hacia la gloria
El éxito del seleccionador confirma que su liderazgo tranquilo y cercano ha transformado el alto rendimiento deportivo de una selección española de gran mezcla generacional y con un nivel colectivo enorme.
Tras alzar la Nations League, la Eurocopa y la Copa del Mundo, el ciclo de De la Fuente entra de lleno en la historia del fútbol español, con una conquista mundialista que es la cosecha justa de quien creyó en el proceso siempre, incluso cuando las lesiones y las dudas podían atenazar a cualquiera.