La tentación y el gigantismo de la FIFA tras el éxito de 2026

El rotundo éxito del Mundial 2026 ha acabado por mostrar una realidad a la FIFA que potenciará su afán expansionista en las ediciones de 2030 y 2034.

Gianni Infantino delante de Donald Trump y el rey Felipe VI durante la entrega de medallas en la final del Mundial 2026.
AP Photo/Frank Franklin II

La resaca del Mundial 2026 apenas ha dejado poso y la FIFA ya contempla nuevos objetivos para engordar su inventario para las próximas ediciones, con la vista ya puesta en 2030 y abriendo una vertiginosa discusión sobre los límites del espectáculo futbolístico de un Mundial.

El éxito de 2026 como argumento

El triunfo deportivo de España en suelo estadounidense pareció validar el formato de 48 selecciones, tras un torneo en el que la competitividad de selecciones inesperadas y, sobre todo, el espectáculo encontrado en muchos de los estadios ha motivado a entender que el Mundial más grande jamás realizado no se ha encontrado con las trabas que, en sus inicios, parecían amenazar.

Regalando épica a base de historias humildes y con una voracidad comercial que no encuentra techo, la realidad es que el anuncio de una futura expansión a 64 países ha convertido la nostalgia del centenario en un gigante de mil cabezas que puede llegar a ser difícil de gestionar pero que parece ya imparable tras este primer experimento.

Gianni Infantino abandera un proceso clave de gigantismo mundial bajo la premisa de la democratización global del fútbol, argumentando que negar cupos frena el desarrollo de las naciones que persiguen el destino mundialista.

No obstante, muchas voces críticas siguen estando frontalmente en desacuerdo con este tipo de medidas, pues recuerdan que multiplicar vacantes es una decisión controvertida que hace que se corra el riesgo de vulgarizar el torneo más prestigioso del planeta, diluyendo la exigencia competitiva hasta las rondas eliminatorias.

La arquitectura de un torneo desbordado

Estructuralmente, pasar a 64 competidores alteraría los procesos de clasificación de manera irreversible. Al articularse en 16 grupos de cuatro integrantes, la fase inicial eliminaría los billetes para mejores terceros, pero exigiría un cuadro de dieciseisavos donde el campeón disputará ocho partidos para lograr coronarse.

Pero es precisamente en esa realidad en la que se refuerza la intención de aumentar el número de equipos. Una de las grandes quejas en la apuesta de los 48 equipos del pasado mundial fue precisamente ese nulo atractivo clasificatorio en fase de grupos por la presencia de terceros. Aumentar el número total hace que esa realidad desaparezca.

Aún así, el equilibrio de las eliminatorias previas se desplomaría, al convertir el acceso al torneo en un trámite mucho más benévolo para las potencias mundialistas y acabaría por alargar la competición de manera clara.

La excelencia de selecciones acostumbradas al alambre perderían tensión competitiva, obligando a los cuerpos técnicos a diseñar rotaciones extremas para preservar el tono físico de sus estrellas antes del tramo decisivo de la competición. Un riesgo que parecen dispuestos a asumir.

La vorágine de los cupos

El reparto proyectado a 2030 y 2034, los dos mundiales ya en el horizonte, es clave. Esto otorgaría a UEFA hasta 21 billetes directos, mientras África y Asia asegurarían plazas nunca antes vistas. En Sudamérica, con ocho boletos directos y plazas de repesca, la tensión del torneo eliminatorio prácticamente desaparece, despojando a la tradicional competición trasandina de su épica narrativa.

Una inflación de participantes diluye el valor de las eliminatorias globales y acabará transformando largas fases de clasificación en meras exhibiciones comerciales. Los seleccionadores de combinados de segundo orden se enfrentarían a un dilema complejo, debiendo dosificar a sus futbolistas en choques internacionales que perderían mucho dramatismo y trascendencia competitiva real.

Eso sí, se puede disfrazar, incluso, de oportunidad para ver jugadores que no tengan, generalmente, minutos especialmente notorios con su selección o como recinto de pruebas para jóvenes que puedan acabar dando el salto a la cita mundialista gracias a su papel en estos partidos previos. Un horizonte difícilmente evitable y que contempla medidas desde las confederaciones.

Geografía atomizada y estrés físico

Añadir 16 selecciones al ecosistema tricontinental de 2030 representa un desafío logístico sin precedentes históricos. Cruzar el Atlántico tras jugar los partidos conmemorativos en Sudamérica antes de concentrarse en España, Portugal o Marruecos sumará un estrés físico brutal, transformando la recuperación en el verdadero factor diferencial del campeonato.

Algo que ya de por sí tenía la Copa del Mundo 2030, que quiere ser un homenaje al centenario del torneo, pero que esconde a su vez mucha prisa por despejar el camino a Arabia Saudí en 2034. Una realidad fundamentada por la benevolencia de FIFA para conformar un monstruo sin mucho sentido que llevará el Mundial a tres continentes.

El arbitraje también sufrirá el impacto directo de esta masificación organizativa, pues la necesidad de cubrir 128 partidos obligará a citar a decenas de tríos arbitrales que, seguro, no tendrán el poso técnico necesario en el pasado para controlar la tensión de un cruce directo.

Aumentar el margen de error en decisiones arbitrales supone también que el uso del VAR pueda aumentar o que, incluso, no siempre se logre disipar la controversia y la duda, tal y como se ha visto también en 2026 con muchos menos partidos.