OPINIÓN

Y la serpiente del Nokia se comió a Simeone

El argentino, tras años de éxitos rotundos en el banquillo del Atlético de Madrid, no ha sabido anticiparse a su final.

Diego Pablo Simeone (52), cabizbajo en el Estadio do Dragao. /MIGUEL RIOPA / AFP
Diego Pablo Simeone (52), cabizbajo en el Estadio do Dragao. MIGUEL RIOPA / AFP

El argentino, tras años de éxitos rotundos en el banquillo del Atlético de Madrid, no ha sabido anticiparse a su final.

Es el ciclo de la vida. Nos lo mostró Elton John con su composición en El Rey León y lo enseñan en las escuelas de negocios de medio mundo. Todo tiene un principio y un final, desde el Imperio Romano hasta Nokia. Apple también lo tendrá. La clave para prolongar lo máximo posible lo inevitable es la innovación, el reinventarse, el anticiparse a la decadencia. Simeone no ha sabido hacerlo, como tantos otros a lo largo de la historia.

A su extraordinario itinerario en el banquillo del Atlético de Madrid le han sobrado los últimos capítulos, pero nadie podrá olvidar jamás una década de éxitos rotundos. Cogió a un equipo en ruinas, herencia de Goyo Manzano, y lo transformó en una máquina de competir. Los títulos de Liga, de Europa League y las Supercopas de Europa cayeron a pares. Los colchoneros se volvieron a acostumbrar a ganar.

Hubo otro título, una Copa en el Bernabéu ante el Real Madrid en mayo de 2013, que hoy cobra más importancia si cabe. El gol de Miranda en la prórroga en Chamartín suponía romper el orden establecido en el fútbol de la capital. "El Atlético acaba con 14 años de maldición", titulaba The Guardian. Fue más que una victoria. El gesto de Germán Burgos, subido a las barbas de Mourinho, era la declaración de intenciones de un proyecto ambicioso que no conocía el miedo, un sueño en plena expansión.

Germán Burgos, con el escudo del Atlético, y Simeone protestan en un partido en el Bernabéu.  GONZALO ARROYO
Germán Burgos, con el escudo del Atlético, y Simeone protestan en un partido en el Bernabéu. GONZALO ARROYO

Aquel esquema férreo, que sobrevivió a críticas de rivales y a dos cornadas del destino en sendas finales de Champions contra el Real Madrid, era temido y envidiado en el mundo. Ocho años después de aquella Copa y ya sin el Mono, para muchos una de las claves del éxito del cholismo, el equipo está más desangelado que nunca en el césped. Y los olés de los fieles de Diego Pablo han dejado paso a los olés de la grada en el Estadio do Dragao tras el último baile en la Champions. No hay rastro de los años de gloria, salvo las paradas de Oblak.

Tras décadas de gilismo, en las que el modelo consistía en un entrenador cuatrimestral, el Atlético convirtió a un jugador mítico en su Ferguson. Ahora parece obvio, pero hay que dar todo el mérito a los que apostaron por el argentino, un técnico que ha crecido hasta consagrarse como un estratega de pedigrí universal. En su vitrina, tres Trofeos Miguel Muñoz y decenas de víctimas que no fueron capaces de amenazar sus entramados y que clamaban, pañuelo en mano, contra el unocerismo.

Al Cholo los atléticos sólo pueden achacarle que no se anticipase a su final. "Cuanto antes se termine, mejor", vaticinaba un amigo periodista en agosto, con un Ribera en la mano. El tiempo le ha dado la razón. El problema no han sido los bolos ni los cumpleaños de las novias ni los culebrones con Joao. El problema es que Simeone, en la era de los smartphones, decidió continuar con el ladrillo en la mano. Y la serpiente del Nokia se ha ido engullendo al mejor entrenador de la historia del Manzanares.