OPINIÓN

Marcelo, la muerte puede esperar

Marcelo, arrodillado durante la final de la Libertadores ante Boca. /GETTY
Marcelo, arrodillado durante la final de la Libertadores ante Boca. GETTY

Nunca he llegado tarde a las citas. Y no hablo exclusivamente de los encuentros de tipo afectivo. También me refiero a los burocráticos, laborales o médicos. A ninguno. Siempre puntual, aunque mi puntualidad era tan falsa como ese "ya estoy saliendo de casa" cuando aún ni te has metido a la ducha. Suelo estar en el punto acordado media hora antes. O incluso una. A veces pienso que este carácter mío me va a llevar prematuramente a la muerte, por salir a su encuentro, para no hacerla perder el tiempo porque bastante trabajo tiene. Por eso, Marcelo es mi debilidad. Un tipo con sus normas y sin protocolo.

Marcelo ya es una leyenda también en casa. EDICIÓN DE VÍDEO: SAMUEL SUBIELA / RELEVO - LALIGA+

El brasileño ya estaba en ese punto vital en el que llegaba tarde a casi todo. De los balones a las barbacoas. Y parecía no importarle porque se había pasado décadas madrugando en la banda izquierda. Parecía, en definitiva, haber plantado a la gloria para irse a un retiro. En nuestro juicio pasamos por alto que había jugado 16 años en el Real Madrid, el club que mejor sabe volver y decirle a la muerte que puede esperar. Por eso, cuando muchos le hacían jubilado con 35 años, sentado en una tumbona en Copacabana esperando el fin de semana para jugar con su Fluminense, ha levantado de nuevo un título, su primera Libertadores, y ante ese Boca Juniors que es un volcán de emociones. Después de reinar en Europa, se pone en hora en América con su trofeo número 26.

Marcelo, que se fue del Real Madrid sin querer hacerlo, regresa a la portadas como lo hace el propio Madrid, en los últimos minutos, al esprint y para ganar una copa. Para alguien que ha ganado tanto como el lateral, este sorbo le sirve para ahogar la nostalgia de las fiestas en Cibeles. Aseguró que es su mejor título a nivel de clubes porque, para él, el Flu es más que un club. También, añado, porque es posible que ni contara con ello. Es el éxtasis de lo inesperado. No pondrá a sus nietos este partido, del que se fue en el minuto 80 entre tocado y fundido, sino los créditos y esas lágrimas que derramó en el banquillo cuando John Kennedy marcó en la prórroga el 1-2.

El jugador de Río aflojó el cuerpo y descargó la tensión acumulada. No sólo en la final sino en los últimos meses de una trayectoria que pretendía finiquitar en el Bernabéu, pero que se vio obligado a hacerlo fuera. Sus palabras en el banquillo del estadio blanco, a pocos días de anunciarse su salida ("No me van a renovar... he sido un puto ejemplo") siguen en el aire como un lamento de psicofonía. Se marchó de Chamartín, se agarró al clavo de Olympiacos con buena cara pero sin convicción y, aunque fue recibido como un galáctico, sólo cinco meses y diez partidos después se despidió de El Pireo casi a la francesa. Una tragedia griega. Y como una familia siempre acude a cerrar las heridas sin necesidad de que se la llame, su Fluminense de la infancia le abrió las puertas.

Ha sido un periodo extraño el del exmadridista. 35.000 personas le dieron la bienvenida en Maracaná, ha jugado con cierta regularidad, se ha lesionado, no ha tenido relación con la prensa, sobrevoló el mito de que no se llevaba bien con el vestuario y se vio en la diana después de lesionar de gravedad a Luciano Sánchez (Argentinos Juniors) en un encuentro de una Copa Libertadores que ha acabado por levantar para entrar en la lista de 15 elegidos que exhiben en sus vitrinas la Champions League y el máximo título continental de América.

La fe es un asunto de riesgo pero este sábado ha demostrado que es mejor dormir a su lado. Horas antes de que Marcelo convirtiera Maracaná en un Sambódromo y olvidara la saudade que da la felicidad pasada, Isco volvía a salir por la puerta grande del Villamarín. A sus 31 años, es otro ejemplo de cómo la ilusión y el amor propio son los mejores compañeros para levantar el ánimo y reconducir una carrera que parecía extraviada. Marcelo conquistó cinco Copas de Europa con el Real Madrid y en la prórroga (del partido y de su carrera) ha ganado su primera Libertadores. El final debe seguir esperando.