LA MIRADA

Danke, Seb!

Sergio Lillo

Sergio Lillo

Los pilotos hacen pasillo a Vettel, que se despide de la Fórmula 1. /GETTY
Los pilotos hacen pasillo a Vettel, que se despide de la Fórmula 1. GETTY

Un pasillo que parece no tener final, pero sí principio. Dos hileras de compañeros de profesión a ambos lados que aplauden mientras miran hacia el fondo, buscando una silueta. Un hombre de 35 años, con el pelo largo, algo desaliñado y medio sujeto por una cinta de goma negra, se abre paso de manera pausada.

Tiene una sonrisa tímida, como si pidiera permiso para desfilar entre aquellos que le han acompañado en un buen puñado de batallas, algunas de ellas libradas cara a cara, de las que quedan cicatrices hace tiempo cerradas. Se detiene a saludar a cada uno de sus rivales, rompiendo la simetría de ese carril de emociones, tan diferente del deporte técnico y preciso que practican. Y detrás de él se vislumbran mujeres con la cabeza cubierta, una paradoja de los valores e iniciativas que se ha encargado de defender en los últimos tiempos, durante esos minutos previos en los que el ruido de los motores deja un pequeño espacio a todo lo que de verdad importa.

En su cabeza se suceden un sinfín de imágenes que le hacen revivir el camino sufrido y disfrutado hasta ese momento. Pero una de ellas se queda un par de segundos más que el resto. Es él, con la mirada menos cargada de sinsabores y conocimientos. Un hombre alto y musculado le entrega un trofeo y le sonríe. Michael Schumacher aún no era el rey de la Fórmula 1, pero para el pequeño Sebastian Vettel ese momento es oro líquido. No lo sabe, pero acaba de prenderse la llama que le llevará a compartir parrilla con su ídolo y a reinar allí dónde él lo había hecho antes.

El adiós de Vettel me recuerda a las mudanzas, a dejar la seguridad del colegio y adentrarte en las aventuras universitarias, a cambiar de equipo, a tomarte el último helado del verano o bajar la última pista nevada antes de la primavera. Me hace pensar en las cosas que damos por hechas cada día y nos olvidamos de cuidar, en creer que seremos jóvenes para siempre hasta que nos vemos una cana en el espejo, en lo que nos acostumbramos a ganar antes de que, tarde o temprano, toque perder. Qué difícil es valorar lo que tenemos y qué fácil añorar lo que se nos fue entre los dedos. Qué injusto es rendir homenajes cuando se pronuncia un 'hasta siempre'.