El saque y volea explicado. Filosofía clásica para presionar al restador, requisitos técnicos, momentos del partido en que conviene y rivales que sufre.

El saque y volea sobrevive como recurso selectivo, no como sistema. Esta es la radiografía de una táctica que dominó la hierba durante dos décadas, casi desapareció y hoy regresa solo en momentos elegidos.
En la final de Wimbledon de 2003 Roger Federer sacó y voleó en el 48% de sus puntos de servicio. Fue, sin que casi nadie lo notara entonces, la última final del torneo decidida con esa pólvora. A partir de 2004 el suizo se quedó en el fondo y la hierba dejó de ser feudo de los voleadores natos.
El gesto no ha muerto, cambió de función. Donde antes era el plan A de una generación entera, hoy es un arma para sorprender al restador en momentos puntuales del partido. Entender por qué interesa ahora explicar el qué, el cómo y el porqué.
El saque y volea consiste en lanzar el servicio y avanzar inmediatamente hacia la red para resolver el punto con una volea. La idea es acortar el peloteo y robar tiempo al restador, que debe decidir entre buscar el passing o devolver con seguridad. Ambas opciones le incomodan.
El primer requisito no es la potencia, es la colocación. El sacador busca un saque con efecto liftado o cortado que le dé margen para llegar a la red mientras el rival no puede pegar libre. Un saque plano sin colocación deja al voleador vendido: el resto llega a sus pies antes de que termine el desplazamiento.
El recorrido tiene tres fases claras:
La regla del oficio es vieja y sigue vigente: la primera volea se coloca, no se mata. Quien quiere ganar el punto en el primer toque suele acabar mandando la bola larga o regalando un passing. La segunda volea o el remate son el sitio de cerrar.
Funciona donde el bote es bajo y rápido. En el circuito actual eso significa hierba, pistas indoor y algunas duras rápidas. En tierra batida es prácticamente suicida: el bote alto y lento permite al restador pegar liftado a los pies del que sube.
Hay momentos del partido que invitan a usarlo aunque la superficie no sea ideal. Subir tras un saque a destiempo descoloca al restador, que ha ajustado el cuerpo para un peloteo de fondo. Es un cambio de ritmo, no un patrón fijo: si el rival lo espera cada punto, deja de ser sorpresa y se convierte en blanco.
Tres escenarios típicos donde aparece hoy:
El restador devolviendo metido en pista detrás de la línea es otra señal de que la subida vale la pena. Quien resta tres metros tras la línea regala tiempo y ángulo al que sube; quien se sube al saque obliga al sacador a un saque casi perfecto.
El saque y volea como sistema produjo cinco figuras canónicas entre los años 80 y los 2000. Son los referentes contra los que se mide cualquier voleador posterior.
El zurdo neoyorquino reinó en el tenis entre 1981 y 1984. Ganó tres Wimbledon (1981, 1983, 1984) combinando un saque que abría ángulos imposibles con una volea de manual y unas manos que parecían acariciar la pelota.
McEnroe es la prueba de que el saque y volea no necesita potencia bruta: necesita lectura, toque y desplazamiento. Su tenis sigue siendo el modelo estético del estilo en sus versiones más finas.
El alemán ganó Wimbledon a los 17 años en 1985 como no cabeza de serie, repitió en 1986 y volvió a alzarlo en 1989. El apodo Boom-Boom nació del estruendo de su saque.
Pero Becker añadió musculatura y atletismo al estilo: se lanzaba a voleas imposibles, terminaba en el suelo y volvía a estar en pie para el siguiente punto. Cambió la imagen del voleador: del estilista al atleta de combate.
El sueco firmó seis Grand Slams entre 1985 y 1992. Cuatro de los seis fueron sobre hierba —Australia 1985 y 1987 (cuando aquel torneo aún se jugaba sobre césped), Wimbledon 1988 y 1990— y dos sobre pista dura (US Open 1991 y 1992).
Edberg es probablemente el ejemplo estético más limpio del estilo: un kick serve impecable, un desplazamiento silencioso y voleas en las que la pelota se posaba antes que se golpeaba. Lo que en otros era esfuerzo, en él era cadencia.
El estadounidense levantó siete Wimbledon (1993, 1994, 1995, 1997, 1998, 1999, 2000) y 14 Grand Slams en total. Sampras es el último gran número 1 del saque-volea puro.
El saque era el más completo del circuito, la volea de revés —golpe siempre difícil— una de las mejores que se han visto, y la transición a la red automática sobre hierba y muy frecuente en pista dura. Cerró la era dorada del estilo.
Ganó dos US Open consecutivos (1997 y 1998) —el único australiano en lograrlo en la Era Abierta— y firmó dos finales seguidas de Wimbledon (2000 y 2001). Rafter fue otro de los últimos campeones de Grand Slam construidos alrededor del saque y volea.
Cuando se retiró en 2002, la generación que venía detrás ya jugaba mayoritariamente de fondo. Su despedida coincidió con el cambio del césped de Wimbledon, símbolo doble del fin de un ciclo.
La táctica no desapareció por moda. La empujaron tres fuerzas entre 1997 y 2005.
La primera, las pistas. Wimbledon cambió en 2001 la mezcla de su césped a un raigrás perenne más denso y resistente. El bote pasó a ser más alto y más lento, hospedando peloteos largos donde antes el saque mandaba.
Las pistas duras de los Grand Slams añadieron arena a la pintura para frenar la pelota. Lo que antes recompensaba al sacador, ahora favorece al jugador de fondo: la nueva calibración invirtió el equilibrio que había sostenido el saque y volea durante dos décadas.
La segunda, las cuerdas. La irrupción del poliéster en el circuito a partir de 1997-2000 cambió la física del juego desde el fondo. El restador podía pegar con liftado extremo a los pies del que sube, neutralizando la primera volea baja. Lo que antes era un toque de pelota en altura se convertía en una bola hundida bajo la red.
La tercera, las raquetas. Los marcos de grafito multiplicaron la potencia desde la línea de fondo. Los jugadores que llegaron al circuito a partir de 2000 —Nadal, Djokovic, Murray— habían crecido con esas raquetas desde niños.
Su tenis ofensivo se construía desde el fondo, no desde la red. La volea, que requiere años de práctica específica, dejó de ser prioridad en las academias del circuito.
El saque y volea no es hoy un plan de partido. Es un golpe táctico dentro de un plan de partido mayoritariamente de fondo. La diferencia importa: los jugadores que lo usan no son voleadores natos, son fondistas que añaden subida cuando lo piden las circunstancias.
El caso más documentado es Federer. En 2003 sacó y voleó casi en uno de cada dos puntos en Wimbledon; en años siguientes, el porcentaje bajó por debajo del 10% y aparecía sobre todo en segundas voleas o como sorpresa puntual. La táctica le servía para cambiar el ritmo de un set, no para ganarlo.
Hubert Hurkacz, de 1,96 metros y un saque registrado hasta los 243 km/h, es el ejemplo contemporáneo más visible. El polaco incorpora la subida tras saque de forma recurrente en hierba y en pista dura rápida, sin convertirla en sistema único.
En Wimbledon 2024 se retiró en la segunda ronda tras una caída al estirarse para una volea. El cuerpo paga peajes que el estilo de fondo no cobra: la subida exige acelerar, frenar y volear bajo presión en menos de tres segundos.
El intento más radical de revivir la táctica como sistema fue el del estadounidense Maxime Cressy entre 2021 y 2023. Llegó al top 50 ATP sacando y voleando casi cada punto. No pasó del top 30 ni hizo cuartos de Grand Slam, prueba de que el modelo puro ya no resiste contra los restadores actuales del nivel élite.
Aunque haya dejado de ser dominante, la táctica obliga a entrenar habilidades que el tenis moderno tiende a descuidar. Lectura del resto, manos blandas, desplazamiento explosivo en pocos metros, capacidad de jugar en altura sin tiempo. Son recursos que cualquier ataque a la red requiere, suba detrás del saque o tras un golpe ofensivo desde el fondo.
El doble es otro mundo. La pista es más corta lateralmente, hay un compañero esperando en la red y los puntos largos no premian. En el doble moderno el saque y volea sigue siendo el patrón base. Lo que en el individual es excepción, en el doble es norma. La habilidad sigue ahí; ha cambiado la cancha donde se cobra.
El saque y volea ya no decide finales de Grand Slam, pero sigue siendo el recurso que más rápido descoloca a un restador cómodo en el fondo. Mientras existan jugadores dispuestos a entrenarlo y rivales dispuestos a confiarse, el gesto seguirá apareciendo en los momentos que más pesan del partido.