FÚTBOL

La "rayita del colocón" que salvó a Dani Benítez: "Me hubiese pasado algo peor"

Un positivo en cocaína en 2014 destrozó la carrera del talentoso extremo balear. Casi una década después, cree que aquello fue un golpe de suerte.

Dani Benítez. RELEVO
Manuel Amor
Michèle Novovitch

Manuel Amor y Michèle Novovitch

Dani Benítez (36 años) ha presentado su biografía, Mi historia la cuento yo, para aclarar "todas las cosas" que se han hablado sobre la vida del díscolo futbolista balear. Escrita por el periodista Héctor García, el exjugador de Primera relata los tumbos de su trayectoria antes y después de que diese positivo por cocaína en 2014. La edición ya se encuentra en preventa en la página web de Aliar Ediciones.

Antes, hace poco más de un año, Benítez recibió a Relevo en Granada después de años de silencio para explicar su historia. Entre 2011 y 2014 había brillado en la élite con el equipo nazarí y coleccionado pretendientes: el Sevilla, el Valencia, el Atlético, la Selección. Era una de las sensaciones de LaLiga, el extremo que enamoraba con su golpeo y sus cabalgadas imposibles, pero también el de los líos, el del botellazo a Clos Gómez y el de las expulsiones absurdas. Un positivo en cocaína en 2014, la "rayita del colocón" para sortear la enésima borrachera y presentarse espabilado a un entrenamiento, destrozó su carrera en el peor momento, cuando los focos le apuntaban y hasta Guardiola le encumbraba.

Casi una década después de aquello, Dani nos citó a las afueras de un polígono industrial. Por las tardes juega en el Arenas de Armilla, un modesto equipo nazarí de la Tercera Federación, y por las mañanas trabaja en Agrobeta, una empresa de fertilizantes ecológicos y abonos para cannabis. "Para bien o para mal, es lo que hay".

Muchos sitúan el inicio de su derrumbe en aquel 16 de febrero, cuando el antidoping le eligió tras un partido ante el Betis en Los Cármenes, pero todo comenzó mucho antes. Su inexistente relación con su padre, la prematura muerte de su madre, su primera separación, las malas compañías y el dinero, demasiado dinero, generaron un caldo de cultivo peligroso, una cerilla en un bidón de gasolina. En Granada era una estrella y la fama le atrapó. Fiestas, coches a 280 km/h, alcohol y la pérdida de la noción del tiempo. Hasta que aquella raya le enterró y fue el pimpampum de media España, el centro de los memes y el "apestado" del que muchos compañeros quisieron alejarse.

Dani se quedó solo, sin hombros en los que apoyarse y con el teléfono apagado. "Lo único que hacía era estar en casa, dormir y no comer". El fútbol se olvidó de él y le cerró las puertas. Literalmente. A Benítez se le remueve algo por dentro cuando pasa por delante de Los Cármenes. Allí, hace unos años, el Granada dedicó una de las entradas principales de su estadio a los héroes del ascenso a Primera del 2011. Es el acceso de las leyendas, una especie de santuario para la afición. Están Ighalo, Roberto, Mainz y Nyom. Y allí debería aparecer Dani, tan o más protagonista que todos ellos, pero se equivocó. Y lo pagó caro.

Una vida de mentira y la llamada de Monchi

"A Dani hay que entenderle". Lo que deslizan sus personas más cercanas no son palabras vacías. Benítez nació en Mallorca, en el seno de una familia humilde, y pronto demostró que era diferente. Antes de castigarle, el fútbol le echó una mano. "Pasaba mucho tiempo fuera de casa, y la pelota me ayudó. Si hubiera seguido en la calle a esa edad de 14-15 años, cuando los niños empiezan a alborotarse, seguramente hubiera tenido otro camino".

Dani Benítez, en una cafetería cercana a Los Cármenes.  RELEVO
Dani Benítez, en una cafetería cercana a Los Cármenes. RELEVO

No lo tuvo porque despuntó desde niño. El Mallorca lo captó en edad cadete y apostó por él. Siempre jugaba una o dos categorías por encima de su edad. Pronto recibió la llamada de las categorías inferiores de la Selección y destacó en sus cesiones a Pontevedra (Segunda B) y Elche (Segunda). En 2009, con 21 años, el Granada (Segunda B) se fijó en él y lo fichó a través de Udinese, el club italiano con el que formó un triángulo mercantil (junto al Watford) y que acabó con la familia Pozzo y Quique Pina envueltos en escándalos.

Su impacto fue inmediato. En su primer año lideró el ascenso del Granada a Segunda; en su segunda temporada, el salto a Primera. "Subir dos categorías seguidas, tal y como estaba el fútbol… Imagínate lo que significa eso. Hay gente que llega a Primera sin conseguir un ascenso; yo me lo gané", cuenta con orgullo. Su estilo le convirtió en un futbolista diferente. "Mi forma de jugar estaba fuera del estereotipo que hay hoy en día, de jugadores que se meten hacia dentro. Yo era un extremo rápido, con muy buen centro, diferente a lo que había en el mercado. Más tipo inglés, por así decirlo. Y por eso destacaba más. Me salía de lo habitual".

Dani tenía carácter. Mucho carácter. Para lo bueno y para lo malo. En la semifinal del play-off contra el Celta falló dos penaltis durante el partido y se atrevió a tirar en la tanda. Lo metió. Aquella temporada marcó 12 goles y vio 18 tarjetas. Era díscolo y popular en las discotecas, pero tan bueno que nunca dejaron de lloverle ofertas. Algunas nunca trascendieron. "Cuando subimos a Primera decidí quedarme aquí, y eso la gente no lo sabe, a pesar de que Osasuna me ofrecía mucho más dinero de lo que estaba ganando. Después vino el Sevilla, a través de Monchi, muy interesado. Llegó a hacer incluso una oferta, pero no alcanzó un acuerdo con el club".

No fueron los únicos: "Se habló de la Selección, del Valencia, que también estaba detrás, del Atlético de Madrid… había muchos equipos. Y yo, supercontento". Vivía su mejor momento, pero todo se rompió.

"Hace muchos años que no tengo relación con mi padre. Nunca he llegado a disfrutar de un núcleo familiar normal", se arranca. El sostén de esa tímida estructura que le sujetaba, su madre Antonia, falleció a causa de un cáncer cuando Dani tenía 22 años. El dolor fue tal que actuó de anestesia. La vida dejó de importarle y paró de sentir. "Uno actúa en base a lo que vive. Cuando murió mi madre empezó a darme todo igual. Pierdes la noción del tiempo y de la vida, y a eso le sumas que puedes hacer lo que quieras porque tienes mucha pasta. Si no existe un núcleo familiar o un equilibrio… ¿en quién te apoyas? En tus amigos. Y hay amigos de todo tipo". Poco después llegó su separación. Y el dejarse ir. Empalmar fiesta y entrenamientos se convirtió en rutina.

"Yo estaba acostumbrado a eso. Y si no lo hacía no estaba bien, no era feliz". En su rostro, recompuesto casi una década después, sigue habiendo espacio para el lamento: "En ese momento mi vida era una mentira, una locura. Tenía coches de alta gama e iba todos los días a lo que daba el coche. No me quedaba en Granada, no; iba mucho a Madrid, a Alicante, a Murcia, a Valencia… e iba a todo lo que daba el coche. Si podía ir a 280, iba a 280".

La 'cagada' en San Valentín

El laberinto que le envolvía le llevó a meter la pata hasta el fondo la noche del 14 de febrero. "El positivo es una consecuencia de todo el arrastre que llevo conmigo. Aquel viernes había organizado en mi casa una fiesta flamenca, de flamenquillo. Tenía que ir a entrenar el sábado por la mañana y había bebido mucho, iba borracho. Un amigo me dijo: 'Venga, una raya y se te quita el colocón'. Y yo, como tonto, la rayita del colocón". Bebió y consumió cocaína, pero pocas horas después Lucas Alcaraz lo vio como siempre.

"En esa época salía mucho de fiesta, me iba a entrenar directo. Pero después siempre cumplía en el campo", relata el jugador. Su merecida fama de juerguista se expandió a todos los rincones. "A veces han llamado de madrugada a mi mujer, conmigo al lado en la cama, para decirle que yo estaba en alguna discoteca". El domingo, 48 horas después de los bailes y la raya, Alcaraz le sacó al campo en la segunda parte de un partido ante el Betis en Los Cármenes.

Dani Benítez, en un partido con el Granada.  GETTY
Dani Benítez, en un partido con el Granada. GETTY

Aquel día el estadio le recibió con aplausos y le despidió entre pitos. Una entrada a destiempo sobre Nono, cuando la pelota ya se había despegado de la bota rival y sin posibilidad de jugar el balón, le costó la roja directa. Era el minuto 79 y el Granada, en plena pelea por la permanencia, se quedaba con 10. La gente empezaba a cansarse de él. Fue su penúltimo partido en el fútbol profesional (los nazaríes ganaron 1-0).

Cuando el colegiado pitó el final, el médico del Granada le agarró del brazo: te toca control. El corazón de cualquiera hubiese pegado un vuelco. No fue su caso. "Hoy en día me moriría, pero por aquel entonces me daba todo igual. Si salía positivo, pues positivo. Y si no, a seguir". Sin más rodeos. Antes de someterse al antidoping, Dani avisó al doctor y al presidente de lo que podía ocurrir. Antes de conocerse el resultado jugó otro partido contra el Villarreal. Poco después, en un entrenamiento, le comunicaron la noticia. Su carrera se fue al traste, pero Dani comparte un pensamiento paradójico: lo agradece. "Si no me hubiese pasado, me hubiese ocurrido otra cosa peor. Seguro. Segurísimo. Creo mucho en el destino".

El olvido y las ganas de quitarse de en medio

Dani recogió sus cosas y se volvió a Mallorca. Con el paso de los días comenzó a darse cuenta de todo: se apagaba el fútbol y se acababa el dinero. "No tenía ganas de nada. Nunca me han diagnosticado depresión, pero puede ser que la tuviera. Estaba muy triste. Llegó un punto en el que me encerraba en casa y no hacía nada: no iba a mi negocio (alquiler de coches), no tenía ganas de quedar con ningún amigo, era una persona que solo pensaba en lo mismo: en el fallo y en todo lo que me iba a repercutir a lo largo de mi vida".

En su cabeza dejaron de sonar Camarón y Enrique Morente, los artistas que le acompañaban en aquellos viajes a 280, y comenzó a retumbar un único pensamiento: '¿Pero qué he hecho?'. "Tenía mi futuro y el de toda mi familia asegurado. Y no es solo eso, sino la repercusión. Fue muy difícil: comentarios, habladurías… y eso también te afecta, aunque tú digas que pasas". No había escudo posible y Dani se metió en un bucle: "Vino lo de mi madre, lo del positivo y, a partir de ahí, todo fue a peor. Es como si la vida me dijese: 'Toma, te voy a mandar todo lo malo y ya te apañarás, a ver cómo sales de esta'. Había montado un negocio en Mallorca y vino mal, hubo problemas con Hacienda… Fueron dos años de decir: 'Me quito de en medio, no puedo más'".

Dani se dejaba ver poco. Tuvo el teléfono apagado dos meses. "Lo pasé muy mal, fatal. No tenía ganas de hablar con nadie". La conciencia pesaba y no había luz. "No era solo por mí, sino por todo lo que me envolvía: familia, amigos… A nivel económico fue un golpe muy duro. Si hubiese seguido mi carrera, mi familia, no solo mis hijos, hubiera estado mucho mejor. Les podría haber dado apoyo".

Ese proceso de hundimiento le ha dejado heridas irreversibles. Le dolieron, sobre todo, dos factores: el ensañamiento y el olvido. "Se cebaron bastante, pero lo que más me dolió no fue que se cebase la prensa. Me dolió más cómo se portó la gente del fútbol después de la sanción. Todas las puertas se cerraron. Eres como un apestado. Compañeros míos dejaron de hablar conmigo. Era como: 'Tú eres un apestado y no quiero que me relacionen contigo'. Lo único que hacía era estar en casa, dormir y no comer".

El clic y la valentía de perdonarse

Ahora, Dani es otra persona. Sonríe y confiesa que ha conseguido dejar su calvario atrás. "Llegó un punto que dije: se acabó, yo no soy así. Tiré para adelante, me olvidé de esto y lo admití todo". Tenía 27 años y todavía le quedaba fútbol. El Huesca fue el primero en ofrecerle un período de prueba después de dos años de sanción, pero no cuajó. Después, en enero de 2016, firmó seis meses por el Alcorcón. Las lesiones le persiguieron y no llegó a debutar. Tuvo que bajar otro escalón: a Segunda B. En el Racing de Ferrol sí encontró regularidad. Volvió a sentirse futbolista, a serpentear con la pelota, a marcar goles y a pelear por objetivos. Decidió irse a vivir a una aldea con hórreos y a dedicar sus tardes a pescar. Recuperó la paz.

"Fue el principio de mi nueva vida: hice grandes amigos, todos me recibieron bien y la afición me quería". Su gran temporada le sirvió para firmar un buen contrato en el AEL Limassol chipriota, con el que se quedó a las puertas de jugar la Europa League tras caer en la previa ante el Austria de Viena. Ganó la Copa del país y siguió disfrutando. "Podría haber jugado en España, pero la gente no confió en mí por lo que hablaba todo el mundo, por la vida que yo tenía. No sabían que había cambiado".

Dani tenía un reto: demostrarse a sí mismo que podía volver. Lo cumplió y regresó a Mallorca, a jugar en el modesto Poblense. Después de un paso por Andorra, se instaló en Granada. Allí vive una de sus hijas y el fútbol, siempre presente, ya ha pasado a un segundo plano. Por las mañanas trabaja en su empresa, en la que gestiona la publicidad y las redes sociales. Se le ve cómodo e involucrado.

Dani Benítez, en su lugar de trabajo en Agrobeta.  RELEVO
Dani Benítez, en su lugar de trabajo en Agrobeta. RELEVO

"Hubo algún compañero que se sorprendió cuando me vio aquí, no sabían muy bien qué hacía, si estaba solo de visita por la amistad que me une con Pepe (el dueño). A mí también me sorprendería, pero lo llevo con total normalidad. No hay nada raro", cuenta. "¿Que por qué estoy aquí? Hombre, el dinero nos viene bien a todos. Evidentemente, yo tengo que trabajar. Necesito ingresos. Tengo un hijo y una hija y una familia. Y no puedes vivir del aire ni de un dinero que no dura para siempre. Me viene bien estar ocupado y hacer cosas. Podría estar en mi casa sin hacer nada, pero no creo que eso sea lo mejor para mí".

Cuando termina en Agrobeta, empieza el fútbol. Dani juega en el Arenas de Armilla, un conjunto de Tercera, entrena al equipo cadete del club y colabora en Tecnificación Granada, una escuela para pulir talentos. Sus directos nocturnos en TikTok con su pareja, Mari, triunfan en las redes. Ha tenido la valentía de perdonarse y es feliz. "Ha llovido bastante desde que jugué aquí, pero lo que más me sorprende es que tanto los niños pequeños como la gente mayor me paran, me saludan, me siguen pidiendo fotos… Para mí es un orgullo. Te hace recordar viejos tiempos. La gente, aquí, es muy agradecida. 'Qué buenos momentos, qué buenos años, cómo nos lo hiciste pasar…'. Y eso te llena como persona".

Damos fe. Los clientes de los bares se giran al verle entrar y le miran con admiración. También suena algún '¡Dani, máquina!' desde los coches que circulan alrededor de Los Cármenes. Él no entra al estadio. "Desde que me fui en 2013 solo he ido una vez. Me siento un poquillo melancólico". Dentro, en el panel de leyendas, sí aparece su nombre. Se lo ha ganado, aunque se equivocase. "Cada uno tiene su vida y la mía, a base de hostias, me ha traído hasta aquí. Me he levantado después de cada palo. Y puedo decirlo bien alto y claro: ahora soy feliz".

Este reportaje se publicó originalmente en Relevo el 4 de febrero de 2023