VILLARREAL

Setién sube del juvenil y baja de un avión a Dubái

Alfredo Matilla

Alfredo Matilla

Quique Setién, en una imagen con el Barça./GETTY
Quique Setién, en una imagen con el Barça. GETTY

El día que Quique Setién salió del vestuario del Barça en 2020, en plena pandemia, algo se apagó en su ilusionante mirada. El disgusto iba más allá de un simple despido tras una humillación histórica en Champions. El bajón le sobrevino por haber desperdiciado el sueño de su vida, él que ama el fútbol por encima de todas las cosas, y sobre todo por haberse topado con la realidad de cómo se mueven los hilos en un vestuario repleto de estrellas. En el Camp Nou fue de todo menos él mismo, por no sentar a quien debía o por no decir lo que pensaba. Y esa infidelidad a sus principios le carcomió. Alguien que fue capaz de enfrentarse al mismísimo Gil no había sabido meterle mano esos días ni a una pulga.

El fútbol profesional pasó casi a darle alergia. Hizo autocrítica mientras descansaba. Repasó cada segundo de lo que pudo ser y no fue. Asumió la pila de errores que acumuló. Y tiró hacia adelante en su Cantabria infinita. Allí se refugió en lo de siempre y en los de siempre. El ajedrez, su familia, la lectura, los amigos y el fútbol de playa y de barrio. Durante ese tiempo desechó una centena de propuestas para regresar a los banquillos. Bien porque eran demasiado exóticas, bien porque no eran suficientemente cuantiosas. Es más, estaba deseando que no le llamara nadie relacionado con el profesionalismo. Ver a su Racing le parecía lo más emocionante. Por eso, el telefonazo de Alejandro, el hijo de su fiel amigo Pedro López, le hizo recuperar el brillo.

Alejandro, al que conoce desde que nació, le propuso que le echara una mano en el juvenil del Marina Sport que dirigía, el equipo titular de Soto de la Marina, a medio camino entre Santander y su Liencres querida. La Costa Quebrada donde tantas pachangas ha organizado con sus colegas y Esteban Torre a la cabeza (el padre del culé Pablo Torre). Aceptó ser el segundo de un crío, sin pensarlo, al que acompañó en Liga Nacional en la primera temporada y al que hasta ahora, en el segundo año, echaba una mano en la División de Honor. Y estaba radiante. Hacía lo que le gustaba mientras tenía tiempo para dedicarse en cuerpo y alma al deporte que utiliza como vía de escape, catapulta y motor.

Setién, con la Selección de veteranos que jugó en Alicante.
Setién, con la Selección de veteranos que jugó en Alicante.

En este tiempo en el paro ha machacado la bicicleta, le ha vuelto a dar al pádel con la inteligencia que tenía de jugador y ha participado en numerosos homenajes donde le han solicitado concurso. El último, hace unos días en Alicante con la Selección para conmemorar el centenario del Hércules. Pero sobre todo, no ha dejado de aprender. El fin de semana previo a su inesperado relevo a Emery se dio al senderismo con su mujer en Burgo de Osma. Hizo unos 20 kilómetros que le dejaron hecho añicos en plena resaca del bolo que había disputado horas antes en el Rico Pérez. Y para hoy mismo tenía unos billetes sacados de avión para irse a Dubái durante dos semanas. Allí le esperaba Ramiro Amarelle, seleccionador de Emiratos Árabes de fútbol playa (ahora será su segundo en el Submarino), palo que también toca al amanecer los domingos en El Sardinero. Otra llamada lo cambió todo. La del Villarreal. Pensaba que era un candidato más entre un montón. Pero no. Vio convicción. Sólo un club así podría cambiarle el paso. Más que Albiol, Parejo o Danjuma, que también, lo que de verdad le seduce es imaginar a todos los chavales a los que va a poder dar su primera oportunidad. Llega, más que nunca, con la energía y la pasión de un juvenil.