Wimbledon resistió décadas el tie-break en el set decisivo. Cómo Isner vs Mahut 2010 forzó el cambio histórico en 2019.

Durante décadas, Wimbledon resistió a la lógica de incluir el tie-break en el set decisivo. Solo un partido imposible de 11 horas obligó al All England Club a cambiar la regla que había convertido al torneo en una excepción mundial. Hablamos de la decisión que entró en vigor en la edición de 2019 y que ya nadie discute.
El 22 de junio de 2010, John Isner y Nicolas Mahut empezaron en la pista 18 un partido de primera ronda que se convirtió en una anomalía histórica del tenis. El estadounidense ganó el quinto set por 70-68, después de tres días jugando y 11 horas y cinco minutos de tenis repartidos entre el 22, 23 y 24 de junio.
El marcador parecía un error de imprenta. Mahut salvó 65 puntos de partido. Isner sirvió 113 aces, marca que duró más de una década. La pista 18 se quedó pequeña para una pizarra que no podía mostrar puntuaciones de tres cifras y los operadores tuvieron que añadir dígitos manualmente. El tenis profesional acababa de tocar techo en cuanto a duración tolerable.
El partido convirtió a dos jugadores poco conocidos en personajes globales durante una semana. Y, sobre todo, plantó una pregunta incómoda sobre la mesa de los directivos del torneo. Si el quinto set podía durar hasta el infinito, ¿qué impedía que el siguiente Isner-Mahut destrozara la programación de un major entero?
La resistencia de Wimbledon al tie-break en el quinto set no era casual. El All England Club siempre defendió que el set decisivo debía ganarse por dos juegos de diferencia. La filosofía era pura: el campeón se consagra en pista, no en una «lotería» de siete puntos. Esa convicción duró desde 1971, cuando se introdujo el tie-break en los primeros cuatro sets, hasta 2018.
El argumento de fondo era doble. Por un lado, la tradición: Wimbledon es el más antiguo de los Grand Slams (desde 1877) y cualquier reforma se debate con lupa. Por otro, la convicción deportiva de que un partido a cinco sets tenía que premiar a quien mantuviera la mentalidad, no a quien acertase tres derechazos en una serie corta.
Durante años, esa postura se mantuvo aunque otros majors evolucionasen. El US Open ya usaba tie-break tradicional en el quinto set desde 1970, año del primer 7-puntos. Wimbledon, Roland Garros y el Open de Australia mantuvieron el quinto set abierto durante décadas, aunque todos acabaron cediendo.
El All England Club anunció el cambio en octubre de 2018, tras un proceso interno largo. La regla entró en vigor en 2019 y fue específica: cuando el quinto set llegase a 12-12, tie-break al mejor de siete puntos. No era el habitual, sino una concesión: dejaba margen para batallas largas y solo intervenía cuando el set decisivo amenazaba con descontrolarse.
El por qué del 12-12 y no del 6-6 también tuvo su miga. El comité del All England Club quería preservar la épica del quinto set largo, pero ponerle techo. 12 juegos por lado eran suficiente prueba de fondo; lo que venía después era riesgo puro de programación. La decisión fue una transacción entre tradición y operatividad.
Richard Lewis, entonces director ejecutivo del torneo, lo explicó con franqueza: el club había debatido la regla «intensamente» y la elección del 12-12 era la «mejor del menú», un compromiso entre quienes querían el tie-break clásico a 6-6 y quienes preferían no cambiar nada. La decisión se produjo tras consultar a jugadores, árbitros y al órgano rector del torneo.
La regla se estrenó por todo lo alto: la final masculina tuvo tie-break en el quinto. Djokovic ganó a Federer 7-6 (5), 1-6, 7-6 (4), 4-6, 13-12 (3), en cuatro horas y 57 minutos, la final más larga de la historia de Wimbledon. El último set se decidió por el tie-break recién introducido, con Djokovic salvando dos bolas de partido con 8-7 para Federer.
La ironía fue completa. El partido más recordado de la nueva regla fue precisamente la final que demostró por qué hacía falta. Sin tie-break en el quinto set, Federer y Djokovic podrían haber seguido empujando durante varias horas más. El All England Club tomó la decisión correcta justo a tiempo: la primera final post-reforma fue también la primera prueba real del límite.
Antes de la final, Anderson e Isner habían firmado el partido que cerró el debate. Su semifinal de 2018 (Anderson 7-6, 6-7, 6-7, 6-4, 26-24, seis horas y 36 minutos) fue el segundo aviso, tras el partido de 2010. Anderson terminó tan agotado que la final contra Djokovic dos días después fue una formalidad de tres sets. El argumento competitivo también era irrefutable.
El cambio de Wimbledon abrió el camino a una reforma mayor. En marzo de 2022, los cuatro Grand Slams acordaron unificar el formato del tie-break del quinto set: a partir de 6-6, un tie-break al mejor de diez puntos (con diferencia de dos). La medida entró en vigor en 2022 y dejó obsoletas las variantes anteriores, incluida la de Wimbledon de 12-12.
La decisión fue colegiada y rara en el tenis: las cuatro federaciones (Australia, Francia, UK y USA) coincidieron en que la disparidad de criterios confundía a jugadores y público. Cada major había impuesto su variante durante medio siglo, y el resultado era un mapa caótico. La unificación se aplicó desde el Abierto de Australia 2022, en pleno mes de enero.
El nuevo formato es el que rige hoy. En cualquiera de los cuatro Grand Slams, cuando el set decisivo llega a 6-6, se juega un tie-break a diez puntos, con dos de diferencia para cerrar. Es el mismo formato que ATP y WTA usan en su circuito desde hace años, lo que da continuidad al criterio entre torneos grandes y pequeños.
Para entender la urgencia que sintió el All England Club hay que volver a 2018. El 13 de julio, en semifinales, Kevin Anderson eliminó a John Isner por 7-6, 6-7, 6-7, 6-4 y 26-24 en el quinto set, tras seis horas y 36 minutos. Fue el segundo partido más largo de la historia de Wimbledon, solo tras el Isner-Mahut de 2010.
El sudafricano salió tan vacío de aquella semifinal que la final contra Djokovic dos días después fue una rendición silenciosa: 6-2, 6-2, 7-6. Wimbledon había producido un final injusto, donde el ganador de la semifinal estaba demasiado agotado para competir por el título. Ese fue el clic mental que faltaba. Tres meses después llegó el anuncio del 12-12.
Hay un detalle que suele olvidarse. La presión por cambiar la regla no vino solo de los jugadores, también de la BBC, que cubría el torneo bajo contrato y se enfrentaba a programaciones imposibles cuando un partido se alargaba seis horas. Wimbledon es un producto televisivo además de un torneo y esa doble naturaleza terminó pesando en la decisión.
La nueva regla ha decidido menos partidos de los que quizá cabía esperar, pero sí ha dejado algunos ejemplos. La final Djokovic-Federer de 2019 fue el estreno perfecto del límite a 12-12 que duró hasta 2022. Después, el Nadal-Fritz de cuartos de 2022, resuelto por el español en el súper tie-break (10-4), pero no hay muchos más casos reseñables en Wimbledon.
Y ese era precisamente el punto: no prefabricar épica e impedir otro Isner-Mahut. El cambio también afectó al cuadro femenino, aunque allí las prórrogas extremas eran menos frecuentes por el formato a tres sets. La regla unificada de 2022 aplica también a las mujeres, con los mismos parámetros: tie-break a diez puntos a partir del 6-6 en el tercer set.
Lo curioso es que ningún partido posterior se ha acercado siquiera al Isner-Mahut original. La regla ha cumplido su función disuasoria: poner techo al horror operativo de los partidos sin fin sin renunciar a la épica del quinto set largo. 12 juegos en primer lugar, después el tie-break a 10 unificado.
Lo curioso es que ningún partido posterior se ha acercado siquiera al Isner-Mahut original. La regla ha cumplido el objetivo para el que fue creada: poner techo a los partidos sin límite práctico, pero sin renunciar a la épica del set decisivo. Primero llegó el límite de 12-12 en Wimbledon; desde 2022, el desempate a diez puntos unificado.
Tras la unificación de 2022, queda un debate residual sobre Roland Garros. El torneo parisino aceptó la regla común, pero su superficie de tierra batida genera puntos más largos y un desgaste mayor. Algunos jugadores defienden que la arcilla pide un quinto set abierto, sin atajos, porque la batalla de fondo es parte de la identidad del torneo.
Rafael Nadal expresó esa postura repetidamente. El español prefería el formato sin tie-break en el quinto, alegando que la tierra batida convierte cada partido en una guerra de desgaste donde el más fuerte mentalmente acaba imponiéndose. El argumento es legítimo, pero perdió en la votación de 2022. Hoy, Roland Garros aplica la misma regla que el resto.
El otro debate vivo es si la regla debería extenderse a las primeras rondas más vulnerables a los maratones, o si todavía hace falta más uniformidad entre el calendario ATP y los Grand Slams. El tenis profesional avanza hacia menos excepciones, y la convergencia es la dirección clara desde la reforma de 2022.
Wimbledon tardó años en mover ficha, pero acabó aceptando una realidad evidente. El tenis moderno necesitaba un límite para los partidos infinitos sin renunciar a la esencia y del set decisivo. La reforma de 2018 y la unificación de 2022 cerraron medio siglo de excepciones: la épica del quinto set sigue intacta, pero ya no amenaza con detener el torneo.