En una etapa de una gran vuelta, los ciclistas pasan cinco o seis horas encima de la bicicleta y queman miles de calorías. Para aguantar, necesitan comer y beber sin parar, y para eso existe el avituallamiento, el sistema con el que los equipos alimentan a sus corredores en plena carrera sin que estos tengan que bajarse de la bici.
Es una de las escenas más características del ciclismo: auxiliares en la cuneta con bolsas de tela, ciclistas que las cogen al vuelo a más de 40 kilómetros por hora y bidones que vuelan hacia el público. Detrás de esa imagen hay una logística muy precisa y, desde hace unos años, reglas estrictas sobre dónde se puede tirar lo que sobra.
La zona de avituallamiento
Los organizadores fijan en cada etapa una o varias zonas de avituallamiento, tramos de carretera en los que los auxiliares de los equipos pueden situarse para entregar la comida. Allí esperan con las musettes, las bolsas de tela con asa que los ciclistas se cuelgan al hombro al pasar, llenas de bidones, geles, barritas y pequeños bocados.
La maniobra exige destreza. El auxiliar extiende el brazo con la bolsa y el ciclista la engancha sin frenar, se la cuelga, reparte el contenido por los bolsillos del maillot y tira la bolsa vacía unos metros después. Un error puede provocar una caída, y por eso los equipos ensayan la entrega y la recogida con sus auxiliares.
Además de las zonas oficiales, muchos organizadores permiten que el personal de los equipos se sitúe en otros puntos del recorrido para entregar bidones y geles. En días de calor extremo, los equipos llegan a desplegar varias personas en una decena de puntos a lo largo de la etapa, cargadas de agua y hielo para refrescar a los corredores.
El contenido de las bolsas ha cambiado con los años. Junto a los geles y las barritas, muchos equipos siguen preparando comida real, como pastelitos de arroz o pequeños bocadillos envueltos en papel de aluminio, que los ciclistas guardan en los bolsillos traseros del maillot y comen en los tramos más tranquilos.
Comer en marcha
La razón de todo este despliegue es la energía. Un ciclista del Tour puede quemar entre 4.000 y 8.000 calorías en una etapa, y estudios con corredores de grandes vueltas han registrado medias de unas 6.000 calorías diarias, con picos cercanos a las 8.500 en las jornadas más duras. Ese gasto no se puede cubrir solo con el desayuno y la cena.
El combustible principal en los esfuerzos intensos son los hidratos de carbono. Las recomendaciones actuales hablan de entre 90 y 120 gramos por hora en etapas largas y exigentes, una cifra que hace una década se consideraba casi imposible de tolerar. Algunos corredores llegan incluso a los 130 gramos por hora, siempre tras meses de preparación.
Para conseguirlo, los ciclistas entrenan su sistema digestivo igual que entrenan las piernas, aumentando poco a poco la cantidad de hidratos que toman durante los entrenamientos. Las mezclas de glucosa y fructosa, que el intestino absorbe por vías distintas, permiten asimilar más energía sin problemas de estómago, una de las claves del rendimiento actual del pelotón.
Las consecuencias de no comer bien son conocidas por todos los aficionados: la pájara, ese bajón repentino de energía que deja a un ciclista sin fuerzas en plena subida. Muchas de las pájaras más famosas de la historia se explican por un error de alimentación, y por eso los equipos calculan cada gramo que toma su líder a lo largo de la etapa.
Dónde tirar el bidón
Lo que sobra también tiene reglas. Desde 2019, la UCI prohíbe a los ciclistas profesionales tirar bidones, envoltorios y otros residuos fuera de las zonas habilitadas por la organización, que se sitúan antes y después de los avituallamientos y en otros puntos del recorrido. La medida busca reducir la basura en las cunetas y evitar accidentes con el público.
La UCI justificó la norma por el peligro de los bidones lanzados a los espectadores, que en ocasiones rebotan hacia la carretera y han causado caídas, además de herir a aficionados.
En abril de 2021, la UCI endureció la norma para permitir la descalificación directa a la primera infracción. Días después, en el Tour de Flandes, el suizo Michael Schär fue expulsado de la carrera por tirar un bidón fuera de la zona permitida, el primer caso bajo la nueva regla y una sanción que generó mucha polémica.
Tras aquel caso, el Consejo de Ciclismo Profesional suavizó el castigo. En las carreras de un día, la primera infracción se castiga con una multa y la pérdida de puntos UCI, y la segunda con la descalificación; en las carreras por etapas, la segunda conlleva una penalización de un minuto y la tercera, la expulsión.
El dinero de las multas se destina a la estrategia medioambiental de la UCI, que en paralelo ha multiplicado las zonas de residuos en las carreras para que los ciclistas puedan cumplir la norma sin perder tiempo en plena competición.
Los bidones que acaban en las zonas habilitadas, sobre todo en las de público, se han convertido además en un pequeño tesoro para los aficionados, que los recogen como recuerdo. Es una tradición que sobrevive con las nuevas normas, aunque ahora los ciclistas tienen que esperar al lugar adecuado para regalar su bidón.
El avituallamiento es, en definitiva, una de esas partes invisibles del ciclismo que deciden carreras. Un ciclista bien alimentado llega a la última subida con fuerzas; uno que ha fallado en la musette puede perder minutos sin haber tenido un mal día de piernas, solo por no haber comido a tiempo.